Las preguntas que le hacemos a nuestros liberales


 Algunos liberales argentinos son contradictorios. Esto les ha sucedido muchas veces en nuestra historia contemporánea. Creen que la coherencia entre liberalismo político y liberalismo económico es perfecta. En teoría, a largo plazo, y con matices, tal vez sí. Pero en el terreno de la política, del aquí y ahora de este país, tal coherencia no existe.

Estos liberales - no todos nuestros liberales - critican acerbamente el camino del gradualismo que ha decidido transitar a duras penas el actual gobierno para reducir - y algún día eliminar, si Dios quiere - el déficit fiscal. Según ellos el gradualismo no va a ninguna parte y nos enreda en un curso de acción que se derrota a sí mismo.

Naturalmente, muchos somos los que estamos severamente preocupados por el déficit fiscal, y los que tenemos plena conciencia de que la estructura económico-fiscal argentina adolece de un gravísimo problema de sustentabilidad. Plena conciencia de estar viviendo en un país insustentable.

Pero a algunos de los que este problema nos quita el sueño no se nos escapa que ese gigantesco déficit fiscal no responde apenas - como reza el catecismo banal a la moda - a la corrupción kirchnerista o a la rampante afición argentina por el empleo público, sino que tiene sus complejas y profundas raíces en nuestra estructura socio estatal.

Gastos públicos son relaciones sociales. El gasto bueno, el malo, y el regular, el sensato y el irracional, el que incentiva el crecimiento y el que lo desalienta, son relaciones sociales. Y da la impresión de que estos liberales sin duda bienintencionados se lo olvidan. Y como lo olvidan, no pueden sacar las consecuencias políticas que se siguen de ello. Esas consecuencias son claras. En el presente, se hacen patentes las resistencias sociales, y también, aunque en menor medida, políticas, que suscitan las reformas "tímidas" que constituyen el camino gradual escogido por el gobierno. ¿Ignoran, los partidarios del shock de liberalismo económico, cuáles serían las consecuencias políticas de esa opción?

No estoy pensando - apenas - en las consecuencias electorales, porque quizás consecuencias de este orden no les importe a estos liberales de inconciencia desdichada (parafraseando un poco aquí las trayectorias intelectuales y políticas de un Justo Sierra o un Alberdi).

Me refiero estrictamente, en cambio, a lo que concierne al corazón de su liberalismo, a la incoherencia radical que parecen no percibir: ¿piensan acaso en la ejecución del shock de liberalismo económico manteniendo al liberalismo político en regla? ¿Ignoran, olvidan, que estrategias reformistas como las que proponen van necesariamente de la mano de una concentración iliberal del poder?

¿De hiper-presidencialismo, de atropellos a la división de poderes, de profuso decretismo presidencial, de abundantes cambios políticos antirrepublicanos? ¿De una apelación plebiscitaria al interés nacional que iría - como tantas veces - más allá del debate público y del juego político democrático?

Y, no seamos ingenuos, ¿dejan de advertir que exigiría un grado de represión (con el manual de la verdad económica liberal en la mano, claro) que además de sus efectos directos indeseables tendría peligrosísimos efectos indirectos? ¿Estos liberales (otra vez, no todos), son ciegos a los dilemas de la política? ¿Suponen, acaso, que los afectados por buenos, regulares, o malos motivos, por el ajuste fiscal, van a ser comprensibles y van a estar dispuestos a sacrificarse mansamente por el bien común? ¿Por un hipotético bien común que caerá de los Cielos en el futuro?

¿Suponen, por ventura, que aquellos opositores sociales o políticos que están ya con la sangre en el ojo, van a dejar pasar la preciosa oportunidad de radicalizar sus posiciones y alentar revueltas?

¿Y suponen, a su vez, que esto no dará pábulo al gobierno para reforzar, aunque más no sea a contra gusto, la concentración de poder y la mano dura que, como liberales, no deberían aprobar?

Es verdad que algunos de los que argumentan a favor del abandono del gradualismo, dicen sin duda sinceramente estar compenetrados de la necesidad de explicar a la opinión pública la complejidad de la situación y la gravedad de los potenciales peligros.

Y esto está muy bien pero, otra vez, la pedagogía y la argumentación políticas no están ligadas precisamente al shock, a la espada que corte nudos Gordianos de un golpe, sino a la negociación, al paso a paso, a avances parciales, a la administración mesurada del tiempo, a la negativa a demonizar los intereses o los sectores que resisten.

No hay que olvidar que la Hidra tenía siete cabezas y que cada vez que Hércules cortaba una, crecía otra más fuerte. Vivimos sí en una Argentina insustentable, pero el decisionismo presidencial nunca aparejó buenos resultados, porque cuando el poder se concentra y el discrecionalismo impera, su utilización virtuosa es quimérica. Que estos liberales lo ignoren es algo que me deja desconcertado. Después se quejan de que se identifique (erróneamente) liberalismo y dictadura.

Autor: Vicente Palermo 

Publicado en Clarín

Viernes, 29 de diciembre de 2017