Los tres tipos de inflación que hay que bajar en la Argentina
Castor López
Presidente Fundación Pensar Santiago

La inflación anual promedio de nuestro país desde el año 1950, casi de los últimos 70 años, resulta superior al +130%. Incluso, si quitamos a la hiper inflación de los años 1989/90, solo disminuye al +80% promedio por año de variación positiva de los precios internos. El dato es útil, tanto para explicar la resistencia que se observa a la disminución del actual +25% anual, cómo para exhibir nuestra "histórica dependencia de ese prolongado sendero recorrido" de 7 décadas, en las que el déficit del sector público de la economía argentina fue la regla y la emisión monetaria su más frecuente solución de corto y mediano plazo, logrando que la sociedad tolere y acepte al impuesto inflacionario (la sistemática pérdida del valor de la moneda doméstica frente a los bienes y servicios) como una herramienta fiscal más de los gobiernos, pese a no haber sido nunca legislado explícitamente como un gravamen formal.

El combate a la inflación pareció haberse transformado en un activo político para ganar elecciones solo luego de aquella muy dolorosa experiencia social y económica de la hiper inflación de fines de los años 80. Pero, basto que emergiera una nueva generación de argentinos que no la habían padecido, para que resurgieran, con éxito electoral, las equívocas y aviesas expresiones de dirigentes políticos oportunistas, tales como que "un poco de inflación siempre sirve para dinamizar a una economía", entre otras confusiones similares. En los contextos de recesión económica, el fenómeno de la inflación vuelve a suscitar la inquietud pública. El profesor Dr Julio H.G.Olivera señalaba que existen 3 clases de inflación.

En primer término, identificaba a la inflación de demanda, causada por un mayor crecimiento de la demanda respecto de la oferta de los bienes y servicios. En economías sanas (con competencia privada y regulación pública correctamente distribuidas) el incremento de los precios resulta sólo transitorio y generalmente es corregido luego por un sucesivo aumento de la oferta. En segundo lugar, indicaba que también existe la inflación de costos, derivada del persistente aumento de las retribuciones al capital y al trabajo a una tasa mayor que la productividad global de esos factores. Por último, señalaba que existe también la inflación estructural, la que se genera cuando cambian las relaciones de los precios de algunos bienes y servicios respecto de otros (los llamados "precios relativos"), en contextos de históricas inflexibilidades a la baja, debido a las expectativas negativas.

En nuestro país existen actualmente los 3 tipos de inflación. La generada por los excesos de demanda, que ocurre en cada recuperación de la economía argentina, pero que no es corregida espontáneamente porque los mercados domésticos están muy distorsionados, ya sea por las competencias limitadas, cuando no por las situaciones de monopolios no regulados o, por el contrario, por las excesivas e incorrectas regulaciones públicas. Sanear gradualmente a la economía argentina es el principal mandato para su atenuación. Simultáneamente, existe la inflación de costos, que es continuamente alimentada por el crónico mecanismo del déficit fiscal como regla y de la emisión monetaria como solución coyuntural. De allí la relevancia del objetivo del gradual equilibrio de las cuentas públicas.

Por último, pero probablemente la más rígida actualmente, también tenemos ineludiblemente a la inflación estructural, originada por la necesaria recuperación de los precios relativos agropecuarios, de la energía y del transporte, que "arrastran al alza" a los otros precios de nuestra economía, en contextos de fuertes restricciones de la política. En tales muy delicadas circunstancias, el Dr Olivera recomendaba que la política anti inflación a aplicar debía satisfacer 3 criterios: 1) tratar de actuar simultáneamente sobre los tres tipos de inflación, 2) hacerlo sin crear o agravar a otros desequilibrios macroeconómicos, especialmente el desempleo y la pobreza que se deriva de el y 3) resultar compatible con la inevitable globalización de los procesos económicos.

La evidencia señala que un plan de estabilización de precios basado solo en una política monetaria restrictiva no actúa sobre la inflación estructural y otro, sustentado solamente en una política fiscal restrictiva, generalmente incrementa a la desocupación. El Profesor Olivera recomendaba como un plan anti inflación, de un gradual equilibrio de los precios domésticos, a una mayor y mejor provisión de los bienes públicos. Porque actúa sobre la inflación de demanda, al contribuir a incrementar la oferta de los bienes y servicios; pero también lo hace sobre la inflación de costos (con el difícil requisito de lograr licitaciones públicas, abiertas y competitivas) contribuyendo así los bienes públicos a la productividad global de la economía y, por último, también actúa simultáneamente sobre la inflación estructural al contribuir a aumentar la movilidad de los factores productivos entre las regiones y entre las industrias de nuestro país.

En ese sentido, el actual gobierno nacional está bien orientado en el rumbo de sanear a la economía, quitando del medio de la vida de los argentinos al gravoso impuesto de la corrupción (también tolerada por la sociedad en los ciclos de bonanza económica) y en el plan de inversiones en infraestructura pública, especialmente en energía, transporte y logística, si bien la velocidad de aplicación es opinable. Pero, la firme resolución de la baja de la inflación, y con ella de la pobreza, a un dígito anual, debe ser necesariamente gradual y resulta compleja. Sabiamente, el Dr Olivera también siempre recordaba que efectuar el gasto público es muy fácil, que gastar bien ya resulta muy difícil y gastar sin otra consideración que el interés público, es mucho más difícil aún.


Jueves, 25 de enero de 2018