La disolución de ETA y el separatismo catalán
Benjamin von der Becke
Especial para Visión Liberal, desde España


La disolución de ETA y el separatismo catalán.

Fue una de las organizaciones guerrilleras más famosas del siglo XX.

Sesenta años después de sus oscuros inicios anunció finalmente su disolución.

Tal decisión de estos últimos etarras no ha sido fruto de una compleja negociación, como la que aún intenta el gobierno colombiano con las FARC, ni la resultante de una guerra sucia como la que emprendió el ejército argentino contra Montoneros y el ERP. 

Se trata de una victoria legítima de la democracia sobre una estructura terrorista, desplegando las armas con las que cuenta la ley y la justicia para defender un Estado de derecho frente a las lacras que lo amenazan.

Recordemos que no hubo -ni habrá- armisticio ni indultos. ETA ha sido derrotada. Y deja de matar no porque se ha dado cuenta que la lucha armada para intentar extorsionar a través del miedo es una aberración, sino porque los pocos terroristas que pululan en la clandestinidad se sienten acorralados y sin fuerza alguna. 

"Euskadi Ta Askatasuna" ha querido influir durante seis décadas con sus atentados sanguinarios en la política española, pero no lo ha logrado. Quien hoy quiera visitar el País Vasco sabrá observar una de las regiones más prosperas del continente, con una sociedad que ahora vive tranquila, llena de orgullo por su cultura y sus tradiciones ancestrales, las cuales pueden expresarse en total libertad. Este logro que hace tres lustros no existía ha sido posible gracias a la visión europeísta, que está en las antípodas de la separatista. 

Todo el proyecto de ETA ha sido un clamoroso y rotundo fracaso.

Sin embargo, quedan pendientes aún los resultados de otra batalla: la del relato final, aquel que trascienda y explique porqué nació ETA y porqué ahora desaparece. Una historia que no olvide de subrayar la única verdad que es incuestionable tras sus seis décadas de vida: el destino trágico que infringieron a sus víctimas y a todos aquellos que ya no pudieron vivir junto a ellas.

Y es que resulta que no siempre la historia la escriben los vencedores.

El asunto de lo que hoy se dice o lo que se deja de decir tiene sus sutilezas y complicadas resonancias en un contexto político español muy escaldado. El "relato", ese modo postmoderno de continuar la lucha por otros "medios", se nutre siempre de aguas recicladas que emergen donde menos se las espera. Algunos líderes de opinión han advertido que la aparente postura "oficial" de lo que queda de ETA pretendió, en su alocución final, disfrazarse de oveja para pasar desapercibida dentro del despreocupado rebaño de los que no se enteran, siendo, como son, verdaderos lobos, siempre atentos a la próxima mejor ocasión. Su "discurso" no ha sido el de nos hemos equivocado al utilizar bombas y metrallas y pedimos perdón a los familiares de las 853 víctimas mortales y a los más de 2500 heridos que hemos dejado como saldo de lo actuado en estos años...

Eso no fue lo que han dicho. Lo que dos de sus máximos exponentes históricos han declarado desde la clandestinidad, en un sencillo pero emotivo acto, fue que abandonadas ya las armas sólo les restaba disolver las siglas. Se acabó ETA y santas pascuas.

Sin embargo, para quienes tienen oídos finos también dijeron algo más. Luego de declarar con tono poético-marxista que toman esta última decisión "para favorecer una nueva fase histórica" y que "ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él", instaron a seguir trabajando "cada cual donde lo considere más oportuno, con la responsabilidad y honestidad de siempre". Eso sí, también reivindican el separatismo de siempre: "Materializar el derecho a decidir para lograr el reconocimiento nacional será clave. El independentismo de izquierdas trabajará para que ello conduzca a la constitución del Estado Vasco".

No son desconocidos los contactos, pactos y alianzas entre ETA y el independentismo más o menos radical de otras regiones de España, pretendiendo alimentar una violencia estructural que consiste en una coacción social excluyente. El campo donde esta batalla se da es bien conocido, a partir del amplio margen que se otorga a las regiones autonómicas en la Constitución española. Como ha expresado el profesor de Filosofía del Derecho y Política, Rafael Rodríguez Prieto, en su artículo "La Metamorfosis de ETA", los separatistas actuales buscan "la imposición del idioma y el control de la escuela, la sumisión de los medios de comunicación, la violencia intimidatoria de pequeños grupos, la ampliación del tejido clientelar y, sobre todo, la erosión sin descanso de las instituciones comunes a todos los españoles".

Los tiempos han cambiado y si la violencia armada para cambiar una realidad que no gusta pasó de moda, el "discurso" supo adaptarse al signo de los tiempos para obtener mejores resultados. Por eso, desde donde se pueda -qué duda cabe de que hoy las "batallas" se libran en la opinión pública y por ende desde los innumerables medios de comunicación- hay que plantar bandera e impedir que esa guerrilla semiológica triunfe donde sus armas han dejado de matar. Se puede legítimamente querer ser independentista y aspirar políticamente a que el propio terruño se separe de una entidad mayor como lo es el Estado español; pero lo que no se puede es intentar hacerlo por fuera de la ley. Y la ley no permite actualmente tal impostura, no porque sea retrograda o recalcitrantemente "de derechas", sino porque es fruto de un gran consenso político y social. Por lo tanto, quienes quieran impulsar ese cambio deberán recorrer todo otro largo y pautado itinerario previsto en la Constitución para construir grandes consensos y reunir nuevas mayorías en sentido contrario.

Morale della fabula, ya que estos "cambios propiciatorios" no pudieron ser conseguidos por las armas habrá igualmente que saber impedir que se logren por el "discurso". Y es aquí donde no parecen blandirse las habilidades necesarias para que las de los separatistas no terminen imponiéndose. Ni el partido gobernante (el PP) ni sus consustanciales adversarios políticos (el PSOE), aun aplaudiendo juntos la disolución de la organización terrorista ETA, han sabido desplegar un arsenal dialéctico suficiente que desbarate falaces argumentos históricos y neutralice las argucias políticas de quienes hoy son los verdaderos enemigos de la democracia: el nacional populismo que busca dividir el Estado para reinar.

Martes, 15 de mayo de 2018
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