Llegó la hora de cambiar los paradigmas de Cambiemos
Ezequiel Eiben
Abogado, empresario en Grupo E Medios, académico, escritor y conferencista


El tema de hoy, que ya alcanzó ribetes de escándalo político, consternación nacional y preocupación internacional, es la suba del dólar. Ahora bien, a los efectos de no quedarnos en las consecuencias sino de ir a las causas, ofrecer una perspectiva analítica integral, y darnos a entender de la mejor manera posible, dividamos el tema en cuatro aspectos: el económico, el político, el comunicacional, y el actitudinal.

Aspecto económico

La economía no es mi rama principal del saber; no voy a pecar de soberbio dando lecciones que estén fuera de mi alcance cuando hay gente más instruida. Pero tengo conocimiento económico suficiente para poder realizar ciertas apreciaciones, y cuento con la información y explicaciones que me brindan especialistas en la materia, y la que puedo leer o escuchar en los medios de comunicación y en la academia de parte de acreditados intelectuales. Para un pormenorizado análisis económico, recomiendo recurrir a ellos. Aquí simplemente esbozaremos unos lineamientos que ayuden a entender grosso modo la situación del país.

Cuadro: A) Argentina tiene un permanente déficit fiscal. B) El Banco Central ha estado mucho tiempo emitiendo moneda sin respaldo[1], lo que -según ciertos economistas de la Escuela Austríaca- es un proceso de "falsificación de dinero", y que genera la tan nociva inflación. C) En el choque interno de posiciones económicas, la política del gabinete se mete con el criterio del Banco Central.

Sobre lo primero:El país está (mal) acostumbrado a vivir endeudado, a patear para adelante las deudas, a renovarlas, y a depender de las condiciones de los acreedores. Al déficit fiscal se lo financia con emisión y deuda. En vez de ir a la raíz del problema, y reducir la gigantesca estructura de gastos, el Estado quiere seguir gastando y se endeuda para cumplir con otras deudas.

Sobre lo segundo: Las "fiestas de consumo" artificiales provienen de la política de inyectar liquidez en el sistema sin tener en cuenta la situación real de la economía. El dinero circulante no se corresponde con la cantidad de bienes producidos en el mercado, por eso el aumento artificial en la demanda gracias al dinero inyectado se traslada a los precios de los productos existentes, que suben y suben, y la gente -lejos de estar mejor- pierde poder adquisitivo.

Sobre lo tercero: El Banco Central, acorde a su carta orgánica, es una entidad autárquica. Entienden los economistas partidarios de mantener a la política a raya, que su criterio para regular el sistema financiero debería ser independiente y no subyugado a mandamientos provenientes del poder ejecutivo nacional. Esto no se cumple. Se explica que al intervenir la política del gabinete en la determinación de la tasa de interés de referencia y alterar las metas de inflación (en el contexto del programa de inflationtargeting),se afectan las expectativas y la independencia del BCRA; esto a su vez afecta la confianza del mercado en esta institución y su capacidad de atenuar la inflación, lo cual impacta en la demanda de dinero (la gente cada vez quiere tener menos pesos en el bolsillo o en activos nominados en pesos, y aumenta la tendencia a ir al dólar); esto último implica que el BCRA deberá aumentar la tasa de interés para hacer más atractivos los activos en pesos, o vender dólares pero sin modificar demasiado el tipo de cambio (lo cual retroalimentaría la huida a dólares), con el problema de que pierde más reservas si no lo aumenta. 

Y en el futuro, la mayor tasa implica mayor emisión, tirando (nuevamente) la pelota para adelante[2]. Según se constata en los hechos, el Banco Central deseaba una tasa de interés más alta que la deseada por ciertos políticos,más aun teniendo en mente el contexto internacional: Estados Unidos subió su tasa de referencia (corta), por lo que resultó especialmente atractiva para los tenedores de bonos. Por ende, los bonos a nivel internacional se adecuaron a ella, y las tasas fueron en aumento. 

Si bien Argentina mantenía una tasa alta el año pasado, luego cambió, y nunca se adecuó a la situación. La Jefatura de Gabinete -con Marcos Peña a la cabeza- presionó en diciembre para que la tasa bajara, con el propósito de dinamizar la economía.Tal estrategia, en contradicción con lo que venía haciendo el BCRA, no resultó: la inflación aumentó, y la intervención política sobre la entidad bancaria provocó desconfianza en el mercado, que observaba atento la repetición de errores. 

Tengamos en cuenta que la seguridad jurídica de Estados Unidos no es la misma que la ofrecida por Argentina (para complementar, la tasa de largo plazo de Estados Unidos llegó a 3%, mientras que en Argentina se estableció el impuesto a la renta financiera). Toda esta situación que incluye aumento en la tasa de referencia de Estados Unidos, la politización de la tasa de interés en Argentina, y la pérdida de confianza en el sistema financiero nacional, desembocó en lo sucedido la semana pasada: hubo una corrida y el dólar se disparó. El país se metió en un embrollo tratando de frenar la fuga de dólares, e internacionalmente se levantaron comentarios de alarma por una situación que recordaba a un pasado no tan lejano de profunda crisis.

Hasta aquí, vemos responsabilidad tanto del Ministerio de Hacienda como de la Jefatura de Gabinete y el Banco Central. Podríamos pensar que ante tamaña prueba de ineptitud y falta de resultados, el estado nacional debería elegir un camino distinto. No. En vez de reducir el gasto público; recortar planes y asignaciones; cesantear ñoquis; y dar vuelta de timón hacia la disciplina fiscal para enderezar las cuentas; la Nación elige tomar deuda, colocar títulos, pedir un préstamo al Fondo Monetario Internacional (FMI). No se reduce el tamaño del estado, pero continúan las deudas para sostener lo insostenible.

Aspecto político

El gobierno ha quedado mal parado. El presidente Mauricio Macri luce descolocado y no proyecta fortaleza. Ratifica el "gradualismo", mensaje de que no habrá un recorte significativo en el corto plazo. Ratifica a los técnicos del gabinete capitaneado por Peña, mensaje de que no habrá disculpas por el error cometido, más bien un nuevo guiño de confianza. En medios internacionales que hasta hace poco reconocían los esfuerzos de Cambiemos por corregir lo que el kirchnerismo había dejado como pesada herencia, ahora aparecen críticas que dejan plasmada la falta de confianza.

A su vez, ante la falta de determinación, es de esperar que siga el estado clientelar, el estado acomodaticio, el estado asistencialista, el estado inflacionista, y el estado machacador con altos y numerosos impuestos. La clase media seguirá sufriendo el impacto de los precios y las restricciones al comercio, mientras la clase política seguirá sin ajustarse. Los políticos, que viven de arriba, mantendrán sus cuotas de poder y sus altos -a veces increíbles- ingresos. El resto pagará, como siempre.

En cuanto a la nueva deuda, implicará nuevos intereses a cumplir por el gobierno. Deuda que, si recurrimos al razonamiento de Alberto Benegas Lynch (h), podemos catalogar como inmoral, porque la terminarán pagando futuras generaciones, aquellas que no la contrajeron y que no participaron del proceso decisorio.

Aspecto comunicacional

Cuando comenzó su ciclo, el gobierno reconocía errores y daba marcha atrás. Ahora su comunicación está dominada por soberbios. Marcos Peña es un soberbio que no reconoce errores, no dice la verdad, echa culpas para otro lado, y quiere aparentar tener todo bajo control. En el cierre de la campaña presidencial de Cambiemos, que fue política y comunicacionalmente muy bueno (un gran acto en Jujuy), uno podía ponderar la actuación de Marcos Peña jefe de campaña, como un atento y trabajador hombre de Macri. Ahora, corresponde criticar la actuación de Marcos Peña jefe de gabinete, como un soberbio hombre de poder que está vendiendo humo. 

Marcos Peña insiste en hablar de "volatilidad del dólar", como si estuviera dele subir y bajar, para no hablar a las claras de la abrupta "subida del dólar", que es lo que pronunciadamente sucedió. Este vocabulario eufemístico, impreciso y manipulador, hace acordar a otro jefe de gabinete, Jorge Capitanich, y otra presidente, Cristina Kirchner, cuando en sus épocas se decía que no había "inflación" sino "distorsión de precios relativos".

Si bien hay vocabulario técnico que efectivamente puede ser usado en ciertos contextos, los mensajes vacíos y la manipulación terminológica de Marcos Peña nos hablan más de la configuración de un relato oficialista a medida que de transparentar los hechos. Como suele suceder cuando alguien acomoda realidad a ideología o intereses políticos, en vez de acomodar ideas e intereses a la realidad. En contraste, alguien honesto pronuncia las palabras que hay que pronunciar para describir lo que sucede, por más que después tenga que remarla frente a la gente.

Aspecto actitudinal

Muchos en Cambiemos están soberbios y lo tienen que saber. Cuando hablan con la prensa, cuando se refieren a la pérdida de algunos de sus votantes, cuando señalan a sus críticos con apodos desafortunados (remarquemos que lo hacen desde el poder, no como civiles comunes). No están escuchando, están creyendo que pueden resolver todo haciendo lo mismo. El caso de Fernando Iglesias es el otro paradigma de la soberbia comunicacional de Cambiemos. Si Marcos Peña mantiene la compostura a la hora de hablar, Iglesias la pierde cada vez más hundido en su agresividad. Llamar "liberalotes" a liberales que sinceramente quieren que el gobierno mejore el rumbo, da cuenta de ello. 

Mofarse de quienes lo contradicen en Twitter, ningunear a quienes plantean objeciones dignas de atención, complementan lo dicho.

En vez de buscar la enemistad con los sanos críticos liberales, deberían agradecer el aporte distinto y prestar atención. 

Fernando Iglesias es diputado pero dirime en las redes y (en ocasiones) degradando a los que exponen las falencias de la gestión

Hay grandes y honestos intelectuales, como José Luis Espert y Roberto Cachanosky, que no son peronistas golpistas esperando el momento de atacar a la presa, son liberales republicanos aconsejando desde la sabiduría para que el país corrija el rumbo. 

El gobierno tiene la bendición de que académicos y técnicos muy preparados estén haciendo esfuerzos para mostrarles otro camino a los funcionarios e ilustrar a la población sobre los beneficios del libre mercado. Esto debería capitalizarse, no desdeñarse.

Conclusión

Ante el presente panorama, nuestro mensaje es "que cambie el cambio". Vayamos a un cambio en serio, no a un cambio leve, ni a una palabra "cambio" que esconde ciertas cosas que son lo mismo.

Pero, lamentablemente, creemos que en estos momentos le estamos hablando a las paredes. Hay evidencia que demuestra que no vendrá el cambio del cambio, sino la continuación del camino elegido. No habrá ajuste, habrá "Estado presente". Y a esto lo explicaremos clasificando cuatro tipos de mentalidades en Cambiemos: la mentalidad Macri, la mentalidad Vidal, la mentalidad Massot, y la mentalidad Peña.

A Macri se lo nota perdido. No sabe bien cómo frenar la crisis, cómo encarar los problemas que lo aquejan. No se presenta un nuevo plan económico integral con reformas de fondo, siguen las improvisaciones y maniobras desacertadas sobre lo que dejó el kirchnerismo, y el mantenimiento de iniciativas económicas legadas por el anterior gobierno. Ante su falta de orientación, la mentalidad Macri se recuesta sobre las directrices de la Jefatura de Gabinete, y no se despega para escuchar otras voces portadoras de otras ideas.

La mentalidad Vidal cree fervientemente en el "Estado presente", el eslogan que justifica todos los gastos e intervenciones gubernamentales en la economía. La gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal (a quien tenemos que referirnos por tener la imagen más alta en Cambiemos y por sonar como posible presidenciable luego de Macri), está convencida que el asistencialismo es bueno, necesario e inamovible, que todo tiene que pasar por el estado. Esto, por supuesto, implica mayor desembolso, más cheques a cobrar por parte de dependientes del estado a costa de los contribuyentes productivos. Se sigue esquilmando a unos para financiar la forma de vida de otros, y la incorporación de estos últimos en la estructura burocrática aumenta.

La mentalidad Massot es la que sostiene con vehemencia que los legisladores cobran poco, que cobran un tercio de lo que deberían. El jefe del bloque oficialista en la Cámara de Diputados Nicolás Massot cree que cobrando un poco menos de lo que deberían (y aun así cobrando mucho), y que recortando unos pocos millones en iniciativas estatales, es suficiente ajuste. Se crean secretarías, dependencias, se nombran militantes ñoquis en cargos inverosímiles, no se hacen reformas estructurales, pero alcanza para normalizar al país en su economía deficitaria. 

Además, esta mentalidad piensa que no importa si se pierden votos del sector que los votó si con eso se ganan votos de otros sectores que no los han votado. Es decir, no importa si se traiciona a la clase media que no da más y que pide el ajuste, no importa si se le da la espalda a quienes sostienen al país con su esfuerzo productivo, si con esto se gana el voto de los que vivían de planes y asignaciones kirchneristas, de los punteros peronistas, y gente que se la pasa manifestando el asco que le da Mauricio Macri. Por la posibilidad de que los voten aquellos que nunca los van a votar, vale el sacrificio de los que le dieron el voto de confianza para que el país cambiara y no dependiera de las mañas precisamente de los que nunca los van a votar.

Por último, la mentalidad Peña es aquella que se opone al ajuste porque está inserta en la cabeza de una persona sedienta de poder. Ajustar significa achicar el estado, que menos cosas y personas dependan del estado. Un sediento de poder quiere controlar esas cosas y personas, manejar variables, y extender los tentáculos del calamar para acaparar aquello que su sed le reclama. Burocracia, planes, intervención, no ajuste, es lo que moviliza a tal mentalidad.

¿Suena pesimista el diagnóstico? Creo que suena realista. Si se mantienen los mismos funcionarios, y el mismo lineamiento gubernamental más allá de los nombres, no puede visualizarse un cambio en el corto y mediano plazo. Queda insistir para quien quiera escuchar, y no dejar de criticar. Lo único que falta, es que para apoyar a quienes no nos apoyan, nos callemos críticas, y el silencio contribuya a solidificar la soberbia de quienes creen que solamente ellos pueden hacer las cosas bien.

[1]La emisión sin respaldo, en un contexto sin patrón oro, es aquella por la cual la moneda crece muy por encima de la tasa de la economía.

[2] Agradezco para el tratamiento de este aspecto económico las precisiones aportadas por Alan G. Futerman.


Martes, 15 de mayo de 2018