Esa vieja, repetida y decadente costumbre de culpar al otro por todo
Ornella Tirabosco
Periodista. Entusiasta de la formación y del marketing. Generadora de contenidos escritos y audiovisuales. Productora general y ejecutiva. Activista de la libertad. Nacida en Corrientes (Argentina), reside en Asunción


La culpa siempre la tiene el otro


Lo hace todo el mundo. Desde los políticos que no asumen ningún error cuando hacen las cosas mal, hasta los hinchas o deportistas profesionales en el fútbol ante una jugada que no los favorece. Nadie se hace cargo de sus acciones, nunca hay responsabilidad para asumir la propia culpa. Siempre la culpa es del otro, del imperialismo, de la derecha, del "neoliberalismo", de los medios hegemónicos.

No asumir culpas tiene que ver con un miedo al rechazo, a perder el aprecio de los demás. El psicólogo Joan Garriga, manifiesta que tiene que ver con el temor a "no cumplir algunas de las expectativas que otros tienen sobre nosotros". Una situación que un líder populista no podría afrontar, ya que sostiene su poder en la supuesta adhesión de la representación misma del pueblo a sus propias políticas.

Esto se ha vuelto tan habitual en la mayoría de los países de Latinoamérica, que los mismísimos líderes totalitarios aprovechan la inocencia -o ignorancia- de sus votantes, y ya no importa si el argumento utilizado para culpar a otros sea lógico o razonable. Alcanza y sobra con pensar que nadie puede desmentirlo. Básicamente porque si lo hacen, lo tildan de "opresor" y lo empiezan a perseguir desde el aparato estatal. Cada populista necesita un enemigo contra quien enfrentarse, simulando una épica sobreactuada aunque en muchos casos parezca delirante o conspiranoica.

Cuanto más se culpa al "otro", más decadente es una sociedad. Esto no solo representa un miedo, sino también una gran pérdida de valores que debilitan a la nación, ya que, al tergiversar el concepto de responsabilidad, cada vez se toleran más errores.

En Argentina nos acostumbramos a que, durante el gobierno kirchnerista, los resultados de los indicadores económicos no sean analizados en relación con las políticas socialistas aplicadas, sino como resultado de la culpa de alguien que quería perjudicarlos. La culpa siempre fue y será del comerciante especulador, del imperialismo internacional que quiere dominarnos, del libre mercado, de la oposición, de los sectores privilegiados de la economía, da igual el título que le pongan... fue culpa de otros, a quienes se desacredita y demoniza, no propia.

Lo triste es que en este "cambio" propuesto por el actual gobierno de Argentina, sus dirigentes hacen lo mismo: culpan a la pesada herencia y a un nivel obsceno de corrupción, cuando el gradualismo como solución no ha hecho más que retrasar las medidas serias que deben tomarse tarde o temprano. La crítica cada vez más habitual que se les hace, tiene que ver con su dificultad para comunicar el verdadero estado de cosas, sin rodeos.

Lo que sucede es que culpar al otro es la solución más fácil y rápida para hacer catarsis inmediata, es una estrategia política que nunca falla. Y no la utilizamos solamente en este ámbito; también en lo social, cuando la gente nunca considera que le vaya mal por falta de esfuerzo propio o de creatividad, sino por culpa del gobierno, de la gran cadena comercial con la que no podrá competir o de la desigualdad de oportunidades.

Si una persona viviera durante 70 años gastando más de lo que tiene y pidiendo prestado para financiarse, y además considerara que otros (y no él mismo) son los culpables de que su situación no cambie, nadie lo tomaría con seriedad. No se entiende entonces por qué deberíamos razonar distinto cuando se trata del Estado y sus medidas económicas.

"La gente no quiere hacerse responsable de sus propias decisiones, no quiere pararse con sus propios pies", dice Gloria Álvarez, politóloga guatemalteca, y sumo lo expresado en una editorial de hace dos años del diario uruguayo El País: "No hay gobierno que no cometa errores, no hay político infalible. Pero lo que sí se les puede exigir a ambos es un mínimo de autocrítica, que dejen de acusar a otros por sus falencias. Y, sobre todo, que tengan un poquito, un poquito nomás, de sentido del ridículo".

Aunque la clase política no predique con el ejemplo y siga empeñada en buscar culpables para explicar la realidad, es hora de madurar como sociedad y como individuos que tienen derechos, pero también obligaciones. Tenemos que derribar fantasmas y miedos basados en discursos afiebrados y adolescentes con aroma rancio del siglo pasado: "La patria es el otro", "nosotros somos el pueblo", "los malos son los otros"... Esa es la lógica binaria de ambos lados de la grieta: o estás conmigo o sos el enemigo. Pero la culpa siempre es del otro. Y como dijo el gran humorista político Tato Bores en uno de sus aún vigentes monólogos: "¡Qué flor de guacho que resultó ser el otro!"

Jueves, 7 de junio de 2018