En el juego de la multipolaridad, Trump sigue siendo el dueño de la pelota
Lic. Martín Rodríguez Ossés
Lic. en Relaciones Internacionales (USAL). Miembro de Fundación Globalizar.


El dueño de la pelota

Con el polvo aun en el aire, seguimos en la búsqueda de identificar las heridas de lo que sucedió en Quebec, en la reunión del G7. Varias cosas se van reafirmando a pesar de que presenten un dolor de cabeza para los analistas. Donald Trump dio la nota nuevamente; pero a esta altura ya deberíamos comenzar a pensar los sucesos en términos de continuidades y tendencias.

La presencia de Trump en el sistema internacional supuso un quiebre significativo respecto del liderazgo en el mundo. Hace tiempo que los medios y gran parte de la academia intentan dar respuesta al sentido de vacío de poder que permitió esgrimir escenarios de multipolaridad. Con el ascenso de China se comenzó a describir el sistema en un proceso de cambio irremediable; un abandono de la hegemonía con el área del Pacífico corriendo con viento a favor. Trump, con su unicidad, nos brinda el recordatorio que el hegemón, como cualquiera de ellos, se niega a ceder.

La espectacular foto de la cumbre con Ángela Merkel interpelando a Trump por supuesto habla y dice mucho. Pero no deberíamos aventurarnos en pensar una Europa desafiante que nos lleve a imaginar un mundo dividido en tres. Con Estados Unidos de un lado, un G6 y un bloque sino-ruso completando el trio. 

La multipolaridad es más una ilusión que una realidad.

La ilusión recae tanto en su sentido del deseo como de irreal. Creer que Europa pueda constituirse como un polo de poder es algo poco probable. La distribución de poder se apoya en capacidades materiales e inmateriales. Europa es fuerte en lo segundo, pero manifiestamente débil en lo primero. Las declaraciones de Merkel y su ministro de Exteriores, Heiko Mass, ponen en evidencia su situación: "Europa debe tomar su destino en sus propias manos". Consideremos también que Alemania, la locomotora industrial del continente y líder, por propias capacidades, ni siquiera tiene asiento en el Consejo de Seguridad. No tiene poder de veto. La arquitectura del Consejo permite a los Estados Unidos reafirmar sus privilegios sobre el continente, y más si sumamos la institucionalidad más preciada: la OTAN.

Pensar una Europa fuerte es imaginar un continente con varios liderazgos, una situación en la que su bloque oriental tenga autonomía y no este cautiva de intereses ajenos. Y, sobre todo, una situación en la que su identidad esté resuelta. Europa aún debe definir qué papel le corresponde a la Unión Europea, que rol le imprime. Si un modelo exitoso de unión aduanera o un sentido de pertenencia que debe varios exámenes. Son mayúsculos los desafíos que aún le esperan si pretende dar un salto de calidad. Debe resolver, con independencia y cohesión, su postura frente a Rusia; el problema migratorio; un sistema de defensa que escape a las lógicas de seguridad de Estados Unidos; reformar su institucionalidad. Si Europa debe tantas respuestas, ¿qué queda para Canadá y Japón?

Estados Unidos, como corresponde por su rol, se ve reacio a abandonar su cuota de poder. Trump es tan sólo una versión de eso. Si Obama nos propuso el "leading from behind" (liderando desde atrás), aun cuando desde el seno estadounidense hubo discrepancias, Trump nos vuelve a proponer el "leading..." dejando al resto de las naciones preguntarse qué lugar ocupan en sus puntos suspensivos.

Estados Unidos aun es el dueño de la pelota. 

Es preciso comenzar a rescatar la importancia de los nombres propios. El de las unidades políticas que cobijan a los Trump, a los Putin, o a las Merkel. Cuando Trump deje el poder, los desafíos e intereses de su país persistirán, y con variaciones desde lo narrativo, su objetivo no se modificará. La personalización de las relaciones internacionales ayuda y permite la ilusión de la multipolaridad. Creer que la defensa del medio ambiente, la multilateralidad y los "buenos oficios" premia a las naciones con poder, roza lo absurdo. No sólo eso, creer que esas instancias son fines y no medios es peligroso. Esos fines les corresponden a aquellas unidades políticas que no pueden permitirse pensarlas como medios. Naciones que no tienen cómo, ni con qué. Algunas porque no pueden otras porque aún no definieron si quieren hacerse esas preguntas.

Lunes, 2 de julio de 2018