El dilema moral que se esconde tras la educación gratuita
Por: Julián Ianiv Azar
Escritor, asesor jurídico en Estudio Azar & Asociados. Autor de doctrina jurídica y actualidad política


Como muchos habrán notado, hoy se cumple la tercer semana de paro docente en las universidades públicas. El motivo de la medida de fuerza es una presunta discusión salarial. Así, mientras los alumnos del sector privado ya habrán cumplido un mes de clases, quienes estudian con dinero del estado contarán con una desventaja temporal.

En este contexto un mensaje de propaganda se hizo viral en Facebook. Muchos usuarios, alumnos y egresados de universidades públicas, manifiestan su apoyo al sistema de educación "gratuito". Sin la menor de las dudas es bueno ser agradecido, sin embargo esta cadena tiene un eslabón débil que no resiste una simple pregunta.

¿Si la educación es gratis, por qué será que tiene un problema presupuestario?

No hay tal cosa como un almuerzo gratis

Fue hace muchos años que el premio Nobel de economía Milton Friedman dictó una clase magistral en Islandia. En esa ocasión el célebre economista fue criticado durante una entrevista televisiva por haber cobrado entrada. Tal acto había significado romper la tradición de gratuidad de las conferencias universitarias en el país.

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La respuesta del maestro estadounidense fue reír y explicar que "no existe tal cosa como un almuerzo gratis". "La educación no es gratuita, cuesta dinero", dijo. "Lo que usted quiso decir es que la gente que asistió a esa conferencia fue subsidiada por la gente que no asistió a esa conferencia".

Con esta claridad conceptual Friedman nos ha dado una verdadera lección de economía. Y aún más importante, una lección moral. El problema que sufre la educación pública argentina es que la gratuidad es una ficción. No es una novedad que el Estado tiene las cuentas en rojo. De hecho, si tenemos en cuenta el perfil del alumnado de ciertas carreras, en el ámbito universitario a veces es el pobre quien subsidia al rico.

El dilema moral

Lamentablemente aquellos que viralizan el apoyo a la educación pública no ofrecen donar su propio dinero para mantener la gratuidad del sistema. Por el contrario, están ofreciendo el dinero de otros, sus conciudadanos. El asunto es que sus conciudadanos tampoco ofrecerán voluntariamente su propio dinero para que un desconocido estudie gratis. 

En otras palabras, todos están dispuestos a recibir la educación gratuita, pero nadie está dispuesto a pagarla.

Finalmente la responsabilidad caerá sobre el Estado, quien de manera violenta le quitará dinero a un tercero. Así se configura el verdadero acto inmoral, toda vez que es posible que aquel que pague la cuenta no sea quien disfruta del servicio educativo.

El dilema moral empeora cuando tomamos conciencia que la gratuidad distorsiona la información relevante. Esto significa que muchas veces los alumnos eligen carreras que no se transformarán en un puesto de trabajo. A modo de ejemplo, el mercado de sociólogos está saturado, mientras que la demanda de técnicos radiólogos es mayor que la oferta. De este modo aquellos que elijan la sociología probablemente serán desempleados el día de mañana, mientras que los técnicos radiólogos no tendrán problemas a la hora de encontrar trabajo.

Con el sistema actual, de gratuidad en ambas carreras, los incentivos no están bien definidos. Esto genera un resultado contrario al buscado. Le estamos dando al alumno la oportunidad de aprender un oficio que no le dará de comer. En otras palabras, la situación no genera valor agregado para la sociedad ni posibilidad de ascenso social para el individuo.

Los números que duelen

Parafraseando al gran Ben Shapiro: a los hechos no le importan nuestros sentimientos. Es necesario comprender que la educación argentina está convaleciente. Y aún peor, que la educación pública está herida de muerte.

Cabe resaltar que cada egresado del sector público le cuesta al contribuyente 60.000 dólares. Sin embargo, en los últimos 20 años los graduados en universidades privadas crecieron un 200% más que sus pares del sector público. Eso significa que la porción del mercado del sector privado está creciendo. Los motivos son variados y hay pocos estudios confiables que expliquen el fenómeno. Sin embargo, sabemos que la extrema politización, los paros y la decadencia de la calidad pública ayudan a elegir al sector privado. Un fenómeno relevante, si tenemos en cuenta que cursar en una universidad privada es costoso para el alumno, mientras que cursar en la universidad pública es gratuito para quien recibe el servicio.

A su vez, sólo 27 de cada 100 estudiantes universitarios se gradúan en Argentina. En el sector público la suma es de 23 de cada 100 alumnos. Por el contrario, en el sector privado la proporción asciende a 40 de cada 100.

Esta lógica no es más que el reflejo de lo que sucede en el colegio secundario. En el sector público sólo se reciben el 32% de los alumnos. En el sector privado este número asciende al 62%.

También surge de datos parciales, otorgados por la UBA de Ingeniería, que menos del 40% de sus estudiantes provienen del sector público. Esto es un descenso si tomamos en cuenta que hace 20 años el número rondaba por el 60%.

Podría continuar con más datos, pero creo que se entiende mi punto.

La solución

En un país con elevada presión tributaria y enorme déficit fiscal los problemas son difíciles de ignorar. Para bien o para mal no existe una única solución. Sin embargo el sistema actual es insostenible.

Conforme explica la FEE los gobiernos suelen utilizar el 70% del dinero recaudado para mantener su infraestructura burocrática. Eso significa que sólo 30% se utiliza para la caridad o bienestar social. Este principio nos demuestra que el estado es ineficiente a la hora de administrar recursos.

Dicho esto, creo que es evidente que es hora de redefinir nuestro sistema de educación pública. A todas luces es más eficiente subsidiar al alumno necesitado que a la universidad como institución. O en su defecto, limitar el subsidio a aquellas casas de estudio que generen valor agregado por tiempo limitado. Podremos discutir si conviene optar por un sistema de vouchers, becas por carrera o préstamos universitarios. También está la opción liberal clásica de la privatización total y que sean los agentes del mercado los encargados de darnos una solución. En cualquier caso, el cambio es necesario. Con el correcto diagnóstico del problema todas las ideas son bienvenidas.

Miércoles, 5 de septiembre de 2018
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