Decadencia y volatibilidad: palabras malas para el crecimiento
Castor López
Presidente Fundación Pensar Santiago


Apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, a mediados del siglo XX, el gran estadista inglés Winston Churchill lanzaba su muy provocativa frase:"la democracia es el peor sistema político que existe,...con la excepción de todos los demás". Su excepcional visión le indicaba que, con la derrota de Hitler y Mussolini, se derrumbaba el fascismo, como uno de los tres grandes sistemas de gobierno que hasta entonces habían coexistido y quedaban solo dos: las democracias occidentales y los socialistas, este último sistema político liderado por la todavía URSS, aliada y también triunfante de la referida guerra.

Churchill pensaba que debía moderar las expectativas acerca del mundo real de la post guerra y alertar sobre la naturaleza, necesariamente imperfecta, de la democracia como sistema de gobierno, pero a su vez, también el menos imperfecto. La posterior caída del muro de Berlín, ya casi ingresando a la última década del siglo XX, iniciaba el derrumbe del socialismo. 

La ahora Rusia y China aceptaban a numerosas de las denominadas "soluciones de mercado" para reactivar y expandir a sus economías. Así, ingresamos al siglo XXI con un casi único sistema político sobreviviente: el de las diversas democracias occidentales modernas.

Pero, ya había comenzado la era que se llamó de "la globalización", empujada por la denominada "economía del conocimiento" y por las continuas innovaciones de las tecnologías del transporte y de las comunicaciones, que llevó al profesor Francis Fukuyama a predecir el "fin de la historia" de los sistemas políticos, con la dominancia amplia de las democracias. 

Pero, muy pronto, la misma historia política se encargaría de poner en duda el haber arribado a "su propio final". Si bien la crisis global del 2008 fue resuelta en pocos años, quedaron después de ella más incertidumbres que certezas, más distribución que producción y, fundamentalmente, más confrontación que acción colectiva de cooperación, resaltando así las imperfecciones de la democracia.

Actualmente, la "guerra comercial", aún en evolución, entre los EEUU y China, los dos países que por sí solos explican casi el 50% del actual PIB mundial, es la evidencia más explícita de la tendencia mundial de una desaceleración de la globalización, de una más cuidadosa elección de los tratados de libre comercio a suscribir y de un creciente y renovado proteccionismo. 

Dice Andrés Malamud que en los EEUU, el "templo" de las democracias occidentales modernas, su ciclo político consistía en que los republicanos llegaban al poder cuando el crecimiento económico menguaba y que los demócratas lo hacían cuando era la equidad la que flaqueaba. Hoy está en el poder un presidente democrático, pero que incomoda, no sólo a ambos partidos históricos, sino también a una amplia porción de la sociedad.

En esta muy apretada descripción de la evolución política global de los últimos 70 años, fueron muchos más nuestros yerros estratégicos que nuestros aciertos. A mediados del siglo XX fuimos filo fascistas, tanto por antagonismo al socialismo como por una escasa confianza en las democracias occidentales. Después, durante la llamada "guerra fría", apostamos a una "tercera posición" y a una tercera guerra mundial, que nunca ocurrió. 

Más adelante, ya en nuestra democracia, cuando la globalización económica se incubaba, le dimos la espalda con un acuerdo comercial regional, el Mercosur, como un mercado interno sudamericano protegido con un alto arancel externo, que nunca funcionó.

Estas evidencias, más que las siempre muy atractivas percepciones, son las que también contribuyen a explicar nuestra decadencia de largo plazo. Al margen del actualmente muy complejo contexto internacional, el intento de re acoplarnos al mundo y de sincronizar con el los ciclos políticos y económicos, con nuestros ya 35 años de democracia, resulta atinado para una mayor apertura e integración. Pero, para ello será menester resolver simultáneamente nuestra grave volatilidad interna, la segunda más alta del mundo, solo superada por la del Congo, en la África más pobre y subdesarrollada.

La volatilidad económica, las abruptas y sucesivas variaciones del PIB argentino, es una consecuencia directa de no haber sabido conciliar nunca los tiempos del arte de las buenas prácticas de la administración pública con los tiempos de la reproducción del poder político. Los primeros, necesariamente de largo plazo y los segundos, claramente de corto plazo. Lo prueba el llamado "corto péndulo argentino", de sobre expansión económica en los años impares electorales y de restricciones en los años pares no electorales. Además, en un sistema político argentino donde los partidos tradicionales han perdido ya casi toda su institucionalidad. 

Como lo explican desde hace algunas décadas varios economistas, tan disimiles como los premios Nobel Kenneth Arrow y Amartya Sen, ha surgido una nueva y muy potente paradoja interna en las democracias occidentales, por su propia condición de contención a un muy amplio espectro de ideas políticas que, en el caso de nuestro país, se potencia por qué este desfase de las muy cortas "ondas políticas y económicas internas", se "monta" sobre un simultáneo desfase de las largas ondas de la geopolítica y la economía internacional.


Lunes, 5 de noviembre de 2018
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