Fútbol & violencia: los riesgos de vivir en una cultura agresiva e irracional
Ezequiel Spector
Doctor en Derecho (UBA) - Director de Abogacía Univ. Di Tella. Malversados: Cómo la falacia se apoderó del debate político (y cómo volver a la lógica de la argumentación) (Editorial Sudamericana, 2018)


Fútbol y violencia en contextos de anomia

(ClarínEl filósofo escocés David Hume, en un texto del siglo 18 llamado "Sobre el Contrato Original", introdujo una reflexión clave para comprender las sociedades políticas. Si hay gobiernos que en alguna medida cumplen con sus funciones y gozan de cierta estabilidad, pensaba Hume, es porque tienen alguna aceptación y reciben algún grado de colaboración por parte de la gente. No es que cuanto menos coopere la gente más trabajo tendrá el gobierno.

Por el contrario, cuando la cooperación de la sociedad es nula, tarde o temprano el gobierno deberá reconocer que, con tanto poder, es muy poco lo que puede hacer. Hume no quería defender a gobiernos ineficientes. Hizo simplemente una apreciación general: la mera coerción estatal, así sin más, no puede garantizar la convivencia pacífica.

¿Qué puede ser, entonces, tan poderoso como para terminar de asegurar la paz entre la gente? "Nada, salvo su propio consentimiento y la sensación que producen las ventajas resultantes de la paz", contestaba Hume.

Lo ocurrido en el contexto de la final de la Copa Libertadores no debe quedarse en la anécdota deportiva. Como otros hechos violentos similares, arroja una conclusión más profunda: en una cultura deteriorada por la agresividad y la irracionalidad, no es difícil que a un gobierno se le vaya de las manos este tipo de situaciones.

No se trata de defender a los encargados del operativo de seguridad en tal evento, ni tampoco de culparlos, aunque es posible que haya habido errores. Se trata, en cambio, de ofrecer una perspectiva diferente a aquella que mira exclusivamente al Estado y su poder coercitivo como lo único importante para garantizar la paz social.

El ideal de un gobierno todopoderoso que puede garantizar seguridad sin depender en absoluto de la colaboración de la gente es una ficción. Si todos los ciudadanos robaran cada vez que se les presenta la posibilidad de hacerlo impunemente, la sociedad colapsaría. 

En esas tantas situaciones, no es el miedo al castigo, sino un sentido de responsabilidad individual lo que se los impide. Por supuesto, las leyes y las instituciones son fundamentales.

Pero no hay instituciones que puedan contener una cultura atravesada por la anomia. Obviamente, quienes arrojaron objetos al micro del equipo rival eran pocos. La inmensa mayoría fue entusiasmada a presenciar un evento deportivo. También eran pocos los que intentaron entrar sin tener entrada, o quienes participaron de los disturbios en Avenida Libertador cuando el partido ya se había suspendido.

Ciertamente, no son muchos los que usan a menores de edad para hacer entrar bengalas a un estadio, ni los que destrozan automóviles en sus inmediaciones. En la vida cotidiana, tampoco son tantos los que cometen delitos, ni los que pasan semáforos en rojo o estacionan obstruyendo la rampa para personas discapacitadas. No son muchos los que maltratan a otros, o los que destrozan espacio público por diversión.

Son sólo algunas personas en cada ámbito. Pero, cuando consideramos todos los ámbitos, las personas son varias, las suficientes como para marcar tendencia y hacer sentir ingenuos a quienes no sacan provecho de la ilegalidad. Básicamente, lo que el jurista Carlos Nino denominó "un país al margen de la ley". La pregunta, entonces, es si los gobiernos que cumplen exitosamente sus funciones lo hacen sólo por mérito propio, o si también reciben gran colaboración por parte de la ciudadanía. Encuentro más realista la segunda alternativa.

Domingo, 25 de noviembre de 2018