¿Qué nos une y qué nos separa de Australia?
Castor López
Presidente Fundación Pensar Santiago

Entre los relativamente escasos acuerdos internos, existe el de un consenso histórico, sustentado en evidencias empíricas, acerca que nuestro país ingreso en una declinación relativa global promediando el pasado siglo XX, más precisamente entre los años 1930-1950, de la que, con una alta volatilidad, aún no logra emerger. Desde entonces, según las distintas estimaciones, si bien crecimos en términos económicos reales en el largo plazo, lo hicimos a una tasa promedio anual de sólo poco más del +1% de nuestro PIB per capita, un siempre muy opinable, pero también aún un muy robusto, indicador de la productividad del trabajo de un país, en un mundo que, justamente desde aquellos años, experimento un particular dinamismo

Pero, aún más preocupante que esta relativa baja tasa de crecimiento económico real por habitante, resulta que alrededor de 3/4 partes de ella se debe a los incrementos cuantitativos de la dotación de la tierra productiva, de la población que trabaja y del capital disponible. Solo aproximadamente un 25% de nuestro crecimiento económico per capita se explica por una mayor productividad, derivada de la más eficiente utilización y mezcla de esos factores, incluso operando en un territorio con una importante disponibilidad relativa de recursos naturales: alimentos, energía, minería, turismo, etc, tanto renovables como no renovables. 

Los países actualmente más desarrollados tienen esos indicadores diametralmente trocados, hasta un 75% de su crecimiento económico tiene su fundamento en la competitividad.

Con un inconveniente, cuantitativo y cualitativo, de esa magnitud de nuestro crecimiento económico surge la pregunta: ¿nuestro país necesita cambiar hacia una mayor eficiencia? Si. ¿el cambio debe ser gradual y con equidad? Si. ¿resulta imprescindible efectuarlo? También Si. Con esas pocas certezas, fui con el calificado equipo de la fundación Rap del grupo de desarrollo sustentable a Australia, que hace aproximadamente unas 3 décadas se había planteado una cuestión relativamente similar y la habría resuelto con éxito. Las numerosas similitudes de ambas naciones son muy conocidas: Las dos disponen de grandes territorios, sus recursos humanos provienen de importantes corrientes migratorias europeas, ambos países están ubicados en el hemisferio sur y son llamados "afortunados", como ya se refirió, en los términos de su disponibilidad relativa de recursos naturales.

Pero, las pautas culturales e históricas de sus recursos humanos son disímiles; hablan distintos idiomas; también ambos países están situados en diferentes continentes e interactúan ante otros entornos de países vecinos, sus puertos operan en otros océanos, e incluso su arquitectura política es también muy diferente: con un gobierno federal, un sistema parlamentario y políticamente bipartidista Australia y unitaria, en términos reales, presidencia lista y actualmente con un sistema político en crisis nuestro país. En Melbourne, en la universidad de Swinburne, nos resumieron aquella reforma australiana de los años 80 en 4 áreas claves: 

  1. En una mayor integración al mundo, 
  2. En la reforma de su sector financiero, 
  3. En la reforma del mercado laboral y 
  4. En la continua promoción de la productividad y, por ende, de la competitividad. Un plan simple y ortodoxo, pero muy consistente.

La reforma global australiana actuaba simultáneamente sobre los 2 principales factores de la producción de bienes y servicios: el capital y el trabajo (suponemos que el factor tierra no representaba un mayor inconveniente, seguramente por su abundancia relativa) y sobre la productividad total de ellos, integrándose a la región y al mundo. Es innegable que el simultáneo desplazamiento del denominado "eje del mundo" hacia China, y Asia en general, ayudó pero, ante los llamados "vientos de cola" también hay que tener siempre "desplegadas y bien orientadas las velas". Más pragmatismo y realismo y menos oportunismo político y declamación ideológica parece haber sido una de las principales consignas de los acuerdos productivos sectoriales logrados.

Los determinantes del desarrollo sustentable, que hemos trabajado durante años en el grupo de la fundación Rap, surgieron coincidentemente: los necesarios equilibrios macroeconómicos; la producción de los bienes y de los servicios públicos eficientes y complementarios de la producción de los bienes y de los servicios privados; la salud y la educación aplicada a los recursos humanos; la inversión en la infraestructura física de energía, comunicación y transporte; las instituciones públicas y privadas sanas, transparentes e independientes; la integración a la región y al mundo y la explotación de los recursos naturales con respeto al medio ambiente. 

Me impresionó particularmente la importante inserción del término "negocios" en el ámbito académico y su muy lograda relación con las empresas, especialmente en el área de la tecnología aplicada a la producción pública y privada de bienes y servicios. 

También que la creación de valor económico agregado es un mandato global de la sociedad en su conjunto, en términos económicos y sociales.

Probablemente, en nuestro caso, deberíamos habilitar un quinto punto a la necesaria reforma de Argentina: la fiscal o tributaria, basada en las evidencias empíricas del mundo al que deseamos ser homólogos. Su incorporación tendría importantes efectos, tanto en términos de la eficiencia y la equidad de la producción, como de federalismo político. Él necesario gradualismo del cambio implica la tolerancia a un similar gradualismo de los resultados, poniendo a prueba la madurez de la dirigencia política y productiva y de la misma sociedad argentina. 

Lunes, 10 de julio de 2017