La perversa política de los gobiernos aniquilaron el federalismo
Alberto Medina Mendez
www.existeotrocamino.com

La campaña política puso nuevamente en el tapete un controvertido asunto que se ha tornado recurrente. Unos y otros tratan de explicar este peculiar fenómeno sociológico desde su particular perspectiva. Solo se trata de utilizar este artilugio para sacar el máximo provecho de la coyuntura electoral.

No caben dudas de que el federalismo, en esta nación, ya es solo un ingrediente retórico que se extingue lentamente. 

De aquellas epopeyas que se han vivido en esta parte del país solo quedan algunos débiles recuerdos.

El orgullo de tomar decisiones propias ha dejado de ser símbolo de integridad. Para encontrar en la historia a los verdaderos defensores de esa visión es necesario retroceder muchas décadas, demasiadas tal vez.

Desde hace años se ha asumido, con excesiva normalidad, que las políticas nacionales definen el rumbo y que las provincias solo pueden obedecer o resistir, en ambos casos asumiendo las consecuencias económicas directas.

Aquellos que logran alistarse en las huestes oficiales reciben múltiples favores del mandatario de turno. Así llueven los recursos, abundan los apoyos explícitos, sobran aplausos para que todo se haga mucho más fácil.

Los que por cualquier motivo quedan en la vereda de enfrente serán discriminados, recibirán menos fondos, los programas especiales nunca debutarán en sus distritos y todo se hará entonces muy cuesta arriba.

Lo han hecho de un lado y del otro, los que estaban y los que están. 

Claro que siempre lo negarán y con enorme cinismo dirán que esas asimetrías fueron producto de evidentes errores e ineficacias de cada gestión local.

Nadie puede tirar la primera piedra. La mayoría de los protagonistas de la política doméstica actual se hicieron los distraídos cuando tuvieron viento de cola mientras intentan ser los ungidos para usufructuar los privilegios.

Un gran número de inmorales actitudes, posturas canallas y oportunistas determinaciones se pueden identificar con total claridad. Los que ejecutan estas decisiones lo saben y los que la sufren pueden dar testimonio.

Este mismo esquema se reproduce con similar crueldad puertas adentro de cada provincia del nordeste argentino. Los municipios "amigos" recibirán ayuda mientras que los adversarios quedarán, invariablemente, relegados.

El federalismo, tal cual lo concibieron los grandes hombres que dieron nacimiento a esta nación, ha desaparecido sepultado por los rufianes que impulsaron diferentes reformas constitucionales a lo largo de la historia.

Una compleja maraña de retorcidas leyes, ruines regulaciones y normas excesivamente funcionales, hicieron el resto de la tarea, logrando desmantelar cualquier atisbo de independencia provincial o municipal.

Todo esto no sería tan grave y tendría chances de revertirse, si no fuera porque la sociedad se somete mansamente a esta dinámica. No lo hace por convicción, pero indudablemente termina siendo cómplice de este proceso.

La política tradicional se ha ocupado de hacer los deberes. Ellos articulan grandilocuentes discursos explicando la importancia de estar "alineados". Antes, al menos, usaban eufemismos o ciertas sutilezas. Ahora lo dicen a cara descubierta y sin sonrojarse.

Votar a un sector político implica recibir más dinero de quienes discrecionalmente, lo direccionarán de ese modo, violando cualquier criterio de equidad ciudadana. Ya no lo ocultan, lo plantean ahora sin pudor alguno.

Del otro lado del mostrador, intentarán explicar lo inexplicable. 

Dirán que pese a ser de un partido diferente, ellos tendrán una relación respetuosa e institucional, con el poder central y entonces podrán conseguirán lo mismo.

Unos se abusan de una situación favorable para imponer su supremacía a fuerza de seducir con los recursos ajenos, esos que traerán, mientras los otros intentan minimizar ese argumento con un esquema poco verosímil.

Los votantes hacen la más fácil. Ante la avidez de obras de infraestructura, esas que siempre faltan por estas latitudes, terminarán inclinando la balanza y eligiendo el sendero más corto, ese que les asegure abundancia.

Una posición utilitarista, extremadamente pragmática, permite conseguir beneficios en el corto plazo, pero al costo de validar un perverso esquema político que no solo no retrocede sino que se fortalece con los cuestionables gestos cívicos que, inexorablemente, se convalidan en las urnas.

Es un patético círculo vicioso, que tiene como actores principales a un grupo de políticos repletos de hipocresía y a una sociedad que busca atajos. De esa combinación no se pueden esperar demasiadas cosas buenas.

Alguna vez este país debería intentar recorrer el camino de los valores, ese que apuesta a lograrlo todo con esfuerzo propio, de la mano de un sistema de premios y castigos, en lo que lo correcto suma y lo impropio resta.

No es esto lo que pasa. Ahora solo es necesario estar del lado más conveniente, del que reparte los recursos. Solo es preciso acompañarlos, sin importar ni la catadura moral de sus referentes, ni tampoco sus intenciones.

Queda claro que esto no cambiará en el corto plazo. Salvo esas honrosas excepciones que siempre existen, la gente seguirá haciendo lo habitual, estimulando una dinámica aberrante, solo para beneficiarse mañana mismo.

En una sociedad en la que los valores morales tienen poca importancia estos esquemas se replicarán hasta el infinito. Habrá que entender que las siguientes generaciones no tienen motivos para torcer este rumbo.

Ellos aprendieron de sus padres, esos que les han enseñado que el juego consiste en abusar de la discrecionalidad del poder y usar las reglas vigentes para sacar la mayor tajada posible en el corto plazo.

Martes, 12 de septiembre de 2017