Solos, callados y humanoides: ¿qué hizo la tecnología con el hombre?


Mientras en los laboratorios de inteligencia artificial se concentran los mayores esfuerzos para obtener máquinas cada vez más parecidas a los humanos (humanoides), el hombre contemporáneo a su vez, y de manera inversamente proporcional, va desarrollando nuevos comportamientos ligados al uso continuo de objetos tecnológicos, en detrimento de otras capacidades humanas, como el razonamiento propio y la construcción de lazos sociales. 

Cada vez más solos y callados -pero fascinados- vemos a los individuos comportarse como autómatas frente a los teléfonos, tablets, auriculares, consolas y parlantes, al punto que la mayoría de los usuarios reconoce no poder prescindir de ellos.

Las grandes empresas tecnológicas han desatado una feroz competencia para fidelizar a los clientes. Lo hacen con tanta velocidad, que en cuestión de semanas, un objeto pasa a ser obsoleto o viejo; la obsolescencia, programada y calculada de antemano por el fabricante, es la única finalidad para generar mayores ingresos debido a compras más frecuentes, y por lo tanto, propagar relaciones de adicción, que en términos edulcorados, el comercio las denomina "fidelización".

De esta manera, hay cuatro elementos puestos en juego en el escenario del consumo: la empresa, los gadgets, el consumidor y el dinero. En estos términos, nada cambia el hecho de que se trata de una actividad comercial consistente en el intercambio de algunos materiales entre las partes.

Sin embargo, una realidad ineludible, indica que hay un cambio en uno de los elementos de la ecuación, y tiene que ver con el ser humano, que ha desarrollado nuevas patologías mentales equiparables a las adicciones a sustancias psicoactivas, pero esta vez, la adicción está relacionada a los excesos de consumo de los objetos electrónicos, también llamados gadgets. 

En estas condiciones, la persona deja de ser un cliente y pasa a ser un esclavo, porque adicción, además de significar que hay algo no dicho (a- dicción), es un término que proviene del latín addictus y se refiere al deudor insolvente que, por falta de pago, era entregado como esclavo a su acreedor.

Prueba de ello son las cifras alarmantes en la población mundial, de personas que padecen adicción a las nuevas tecnologías (tecnofilia), al móvil (nomofobia) y la adicción a internet, ya que al ser privados de dichos objetos, sufren psicológicamente de los síntomas de abstinencia.

Las franjas etarias más vulnerables al magnetismo de los gadgets, son los niños y adolescentes, sobre todo aquellos que tienen dificultades para la interacción social, baja tolerancia a la frustración, o cualquier otro impedimento que no haya sido debidamente elabo rado.

La tecnología, las redes, los juegos y entretenimientos otorgan una satisfacción inmediata pero fugaz, y conllevan en su uso el riesgo de la automatización de la conducta humana y de la mecanización del pensamiento, producto de la práctica continua de interacción con tales objetos, de los que se pueden obtener un sinnúmero de informaciones con el movimiento de un solo dedo. 

Esto es, ni más ni menos que la robotización del ser humano.

A través de lo táctil y lo digital, cualquier persona accede a un universo ilimitado de posibilidades. El peligro concomitante a ello radica en el hecho de obtener gratificaciones inmediatas con el mínimo esfuerzo, lo cual genera tolerancia, que es un estado de adaptación temporario, luego del cual sobreviene la adaptación, que se define como el estado psíquico y también físico, directamente relacionado a la dependencia que produce una sustancia u objetos capaces de aportar satisfacciones inmediatas (adicción a la pornografía, a los objetos, al sexo, a las pantallas, a las bebidas, a los alimentos y a las sustancias).

Sabemos ya que las personas tienen la capacidad de acoplarse a distintos objetos, por la satisfacción que encuentran en ellos, y que son capaces de generar una afición extrema a alguien o algo, producto del desamparo, que es la condición más primitiva y básica del ser humano.

Quizás haya llegado la hora de simplificar este complejo, de regular nuestras relaciones con los objetos, de hacer un retorno de lo artificial a lo natural, y de darle a la tecnología un cauce humanístico, donde el progreso y la evolución sean posibles, sin que por ello se desfiguren los rasgos más admirables de la humanidad.

Cynthia Molinari para El Tribuno. Link a la nota original

Martes, 19 de diciembre de 2017
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