Para Castor López, el acuerdo con el FMI abre una "excepcional oportunidad"
Castor López
Presidente Fundación Pensar Santiago


También se puede (y se debe) "navegar con el viento de frente"

Hasta mediados de abril pasado, y desde poco más de dos años, que Argentina estaba transitando, con no pocas amenazas externas y dificultades internas, derivadas de su históricamente muy débil y compleja organización política y económica, un imperfecto pero posible "sendero" de una gradual disminución de su déficit fiscal, uno de sus 2 o 3 estructurales problemas endémicos. 

Desde 1961, hace 57 años, solamente en un periodo de 6 años tuvimos superávit fiscal y ello ocurrió por un contexto externo extraordinariamente favorable.

Esa gradual convergencia del gasto público con sus ingresos precisaba, inevitablemente, del financiamiento externo. Era la única herramienta para la búsqueda del equilibrio fiscal que había quedado disponible. Pues la emisión monetaria, con una inflación reprimida de +35% anual, ya se estaba practicando al límite con la emisión de las lebacs del BCRA; también resultaba imposible aumentar la presión fiscal, ya en el 40% del PIB, al menos sin paralizar a la economía formal. Por último, la abrupta disminución del gasto público, el muy debatido shock, era también inaplicable por la herencia social de un tercio de la población situada en la muy penosa situación de pobreza.

Con la estrategia de la convergencia fiscal gradual, instalada como un pragmático dogma, obviamente se incrementaba la deuda pública en el corto plazo, pero el desafío era efectuar las suficientes reformas necesarias para alcanzar el equilibrio de las cuentas públicas en el mediano plazo; tratando, en el "mientras tanto", de sostener las tendencias graduales tanto de una inflación declinante como, simultáneamente, de un moderado crecimiento económico sostenido aún en el consumo interno, pero fundamentalmente expandiendo a la inversión y el comercio exterior.

Todo ello sucedía en un marco político que exigía el triunfo del nuevo oficialismo en sus primeras elecciones de medio término, como un requisito de los acreedores porque ratificaba la gobernanza del rumbo económico elegido, en un contexto de una exigente tarea de control de la inflación doméstica, que ahora también debía enfrentar los efectos de una imprescindible recomposición gradual de las tarifas de los servicios públicos, muy especialmente de la energía. Pues, caso contrario, electricidad y gas insuficiente se constituía en un "cuello de botella" que impedía las pretensiones del simultáneo crecimiento económico.

En esas muy delicadas circunstancias, nuestro país se enfrentó a dos shocks, uno externo y otro interno. Al externo todos lo subestimamos, pero las exportaciones ya habían caído desde más de 80.000 millones de dólares en 2011 a menos de 60.000 millones de dólares actualmente. Una enorme contracción del comercio exterior que no podía dejar de reflejarse en una disminución del consumo interno y de la inversión doméstica.

Ese negativo shock externo culminó con el detonante del incremento, tanto de la tasa de interés del financiamiento internacional al +3% anual como del precio del petróleo, que retrajeron fuertemente el financiamiento externo y obligó a acelerar la gradual convergencia hacia el equilibrio fiscal. El shock interno fue simultáneo, mediante la sequía más grave de los últimos 50 años, que restó unos 8.000 millones de dólares, más del +1% del PIB.

También se descuidó otro problema estructural y endémico de nuestro país: el déficit de la balanza de pagos. Desde 1976, en 42 años, solo en 14 años aislados pudimos obtener superávit, esto es el resultado neto del comercio exterior más el del turismo y el de los ingresos y las transferencias de divisas, menos el atesoramiento de moneda extranjera fuera del sistema financiero argentino.

Así, se amparó el surgimiento del siempre muy atractivo "tipo de cambio atrasado", que opera como una herramienta de un coyuntural control de la inflación doméstica. Pero, la referida reciente alza de la tasa de interés internacional provocó la pérdida de la confianza de los acreedores de nuestro país y el cuasi inmediato éxodo de sus capitales, que estaban financiando el gradual recorrido de la estabilización fiscal argentina, culminando en la crisis cambiara de mayo pasado.

Había que buscar rápidamente nuevos acreedores y se efectuó una especie de "per saltum" financiero, al acudir directamente al FMI (Fondo Monetario Internacional), un organismo internacional de crédito de ultima instancia, del cual somos socios fundadores desde su misma creación en 1958. El nuevo préstamo "precautorio" de la disponibilidad de u$50.000 millones, sin la exigencia de la disminución del gasto público social y a una tasa de solo el +3% anual promedio en sus tramos iniciales, también es una excepcional oportunidad derivada de la crisis, que debe ser asumida en su relevante dimensión, la cuarta parte de la disponibilidad del FMI, y convocarnos a la madurez y a la responsabilidad colectiva.

Las metas pautadas de las reducciones del déficit fiscal y de la inflación para los próximos 3 años resultan razonables. 

No podemos continuar siendo el muy curioso país-fenómeno de un permanente y extraordinario futuro pero que nunca se concreta que, a modo de un barco con sus velas desplegadas pero sin rumbo, avanza rápida y esporádicamente, pero sólo cuando aleatoriamente los vientos coinciden. Los países modernos y progresistas que avanzan son los que aprendieron a navegar también cuando los vientos no resultan favorables. Con un bicentenario ya en nuestras espaldas, ese aprendizaje es obligado.



Jueves, 14 de junio de 2018