Feminazis, esas mujeres que abandonan el feminismo para "matar a todos"
Por: Maria Estela Belloni


No siempre el origen de una palabra o expresión coincide con el uso y connotación que se le da en el presente. Otra maravilla de esa capacidad de los seres humanos que nos distingue de otros seres vivos: la de un lenguaje complejo, variable, poderoso, relativo.

Si buscamos el origen del término feminazi, para nuestra sorpresa, no es un neologismo adoptado por el vasto y engañoso mundo de las redes sociales y los memes. De hecho, la palabra fue utilizada públicamente por primera vez por un periodista conservador estadounidense en 1992. Rush Limbaugh, asegura que la palabra la tomó de un amigo economista suyo, quien con frecuencia asociaba al feminismo radical con el Holocausto, pues según su pensamiento si los nazis tenían entre sus objetivos la exterminación de judíos para lograr la hegemonía mundial, las feministas más fanáticas, tienen como objetivo a los hombres.

Esa connotación inicial utilizada por Limbaugh, si bien conserva hoy algunas de sus vetas, en la actualidad su significado se ha expandido, y hoy, es usado con intenciones de ridiculizar, o hasta con cierto temor.

 ¿Pero para ridiculizar o con temor de quién? A esas mismas mujeres a las que se refería el periodista, pero con las notables diferencias que emergen de los contextos de nuestro tiempo.

En Argentina el contraste existe, pero a veces necesita de las explicaciones obvias, para no perderse en el paisaje. De un lado, tenemos a la mujer feminista que se instruye, puede reconocer los verdaderos problemas que preocupan a las argentinas y actúa en consecuencia, asumiendo una postura moderada y realista. En la vereda del frente, tenemos a la feminista -que a falta de palabras para el caso- puede definirse como una mujer enojada con el mundo.

A éste segundo grupo, alude generalmente, la expresión "feminazi". Pero ésta categoría es un tanto más compleja de lo que a veces percibimos:

Su estereotipo es su fuerza y debilidad a la vez. A menudo, la vamos a ver al frente de marchas y concentraciones, en tomas de colegios o universidades, agitando la bandera LGTBQ, vociferando a través de un megáfono en contra del aparato reproductor masculino, retorciendo el vocabulario con las letras x y e, descargando su ira en los espacios públicos, insinuando que el patriarcado se termina matando a tu novio o a tu padre, teatralizando abortos, intentando derribar los cánones de la belleza resistiéndose a la maquinita de afeitar, con el torso desnudo y con una sonrisa que ella considera soberbia. Y podríamos seguir, pero lo nombrado retrata bien lo que describimos y ustedes seguramente ya deben tener en mente alguna imagen (sino, googleé a Malena Pichot). 

Todo esto, por lógica, se potencia cuando se agrupan y salen a las calles delirando ser gangsters de los derechos de la mujer.

Pero no nos quedemos con lo superfluo, como dijimos, nuestras feminazis encubren algo más. Porque entre tanta denuncia y furia contra el héteropatriarcado y el macho opresor, cuando pegan, corren a esconderse detrás de una vieja amiga suya: la izquierda.

Porque su enemigo no son sólo los hombres, de ser así la lucha sería más transparente. Sus otros enemigos y victimarios son todo lo que no se lleva bien con su adorada izquierda. El capitalismo, la meritocracia, la competencia, la libertad. Es cuando escarbamos con la uña sobre su estereotipo cuidadosamente concretado, es decir, desde el aerosol en mano, al bodyart con consignas grotescas estilo "si nos organizamos los matamos a todos" que vamos a dar con el motivo tal vez único y real de todo. Por eso, es común escucharlas quebrarse la voz mientras gritan "Sin feminismo no hay socialismo". Por eso les queman los sentidos Macri, la disidencia, la biología, las diferencias intrínsecas de ser humano en ser humano.

De ahí mismo también su intolerancia y su necesidad de monopolizar las posiciones ideológicas y políticas respecto a temas como el aborto o la religión católica. De hecho, la única forma de feminismo y de accionar que conciben es las propia, por lo que, la decisión de una mujer de ser madre o casarse ante sus ojos sólo se percibe como otro caso de opresión machista, evadiendo de sus conjeturas la posible elección personal e individual de aquella mujer. 

A veces, hasta estremece tanto ensayo totalitario en nombre de una supuesta democracia. Si no se está de acuerdo con ellas, pasaremos a integrar un lugar en su lista de odio.

Decíamos que el término, usualmente, buscar insultarlas; pero hay quiénes al pronunciar la palabra feminazi, lo hacen con miedo. Lo hacen por lo bajo y deseando que el Encuentro Nacional de Mujeres nunca llegue a su ciudad, porque son muchas las anécdotas de personas agredidas verbal y físicamente por hordas de mujeres iracundas y cegadas por su auto victimización durante marchas o los mismos encuentros. El saldo es igualmente triste e impresionante: Propiedad pública y privada destruida, gente golpeada, un desborde de caos y resentimiento.

Terminado el evento, se van inconsecuentes, como si nada. Lo único distinto en ellas, es que el discurso ha sido re cargado y ahora pueden llevarlo de vuelta listo para ser disparado una vez más. Tal vez el blanco sea la religión, la familia, los valores tradicionales, o tal vez vire en otra cosa y se inventen un nuevo verdugo.

En nuestro país últimamente esas escenas se repiten, pero eso ya no es lo que sorprende. Lo que sorprende y resulta inentendible, es la naturalidad e impunidad con que se desarrollan. El miedo y la extrema corrección política son probables motivos, pero nada tapa ni justifica la violencia y la destrucción.

Porque aunque admitamos que aquellas Instituciones, han expoliado y limitado históricamente las posibilidades para las mujeres, en este punto, es necesario hacer el debido reconocimiento y reflexión, sin volver a caer en una victimización simplista. Las mujeres ya tuvimos demasiado de eso, hoy debemos exigirnos a nosotras mismas más alternativas y más espacios; optar por un proyecto de vida propio e independiente, sin manosear la vieja herida, unidas y conscientes.

Por eso, a las feminazis, las feministas liberales queremos decirles que existimos y las estamos viendo, que no nos agrada lo que hacen y que tampoco nos convocan. Y ahora lo saben.

Miércoles, 20 de junio de 2018
Periodista
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