La bondiola que se convirtió en carne picada por culpa del Estado


Gustavo Lázzari  como economista, se agarra la cabeza por lo que le sucede como empresario. Es que cuando decidió invertir en su propia empresa se dio cuenta que tenía que lidiar con un socio "bobo" que ni siquiera eligió: el Estado.

Es una máquina voraz que no para de sacarle dinero en habilitaciones, trámites, impuestos, permisos y una larga e infinita (y también inútil) lista de etcéteras. Pero Lázzari insiste y obtiene, por fin, el fruto de su inversión. O el corte, en este caso: logra su "bondiola".

Ahí empieza otra odisea: la de venderla. "Trasladarla" dos kilómetros se convierte en una odisea y una pesadilla: siete documentos para el vehículos, 14 mas del que maneja, y los impuestos de la bondiola. 

Y la burocracia de registrar el abasto. Así los números no cierran y cada vez hay menos ganas de comer un asado.

¿Qué hacemos, entonces, con la bondiola?

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Miércoles, 29 de agosto de 2018