Un partido entre gallináceos, la Doce y con Borges rumbo al muere
Benjamin von der Becke
Especial para Visión Liberal, desde España

Esta mañana me desperté tarde y ronco. Las imágenes rutilantes de anoche se me confundían con las de mi sueño, bizarras, apasionantes... Apenas recobré algo del opaco sabor que suele tener mi vigilia una serie de sensaciones sin orden ni lógica me inundaron.

Madrid amaneció siendo de River... pero yo me acosté, en la inflexión de una noche que nunca olvidaré, con los colores xeneizes.

Ya casi sobre la hora del partido Borges se me presenta y me propone ir al Bernabéu. Se había quedado pensando en nuestras conversaciones por el Parque del Retiro y me confesaba desear comprender qué es lo que se siente al perder o ganar de manera irremediable en una pelotera de ese tipo. 

LEER MAS: El día que fui al Bernabeu con Borges a ver Boca - River

Me lo pide con la humildad de un pobre vergonzante que canjea su mirada perdida por un trago de vino para poder calentar sus entrañas. Soy de Racing y por lo tanto prescindente, ya lo dije, pero me resuelvo.
Hace frío en la Castellana. El maestro se aferra a mi brazo y avanzamos arrastrados por un río heraclitiano que no nos deja pensar bien quienes somos ni porqué estamos donde estamos.
Borges comienza a disfrutar. Los cánticos de Boca resuenan tremendos. Invitan a una batalla sangrienta. Explico a Borges quienes son los gallinas, a quienes sus proclamas hacen mención. Y entonces me sugiere ir a mezclarnos también entre aquellos. Me recuerda que el gobierno peronista del 46 lo nombró inspector de "gallináceos, conejos y huevos" ... y que, aunque nunca ejerció "tal honor", ahora no quisiera sustraerse de tales funciones. 

Pronto estamos rodeados de alegres familias que enfundan paraguas rojos y blancos, aunque esta noche el cielo madrileño está despejado. Veo que entre ellos alguno reconoce a mi maestro, pero me mira con complicidad y sigue riéndose y saltando, ensimismado en su propio lirismo.
La policía impone su presencia. No es posible ningún diálogo amical con ellos. Unos y otros deben dejar atrás aquellos bidones de sincréticas bebidas donde una espuma oscura las delata. También arriar sus banderas, entre quejas y lágrimas.

A Borges le hacen dejar su bastón. No desearía perderlo, me lo regalo María y es lo que me ata al universo. Me las arreglo para poder recuperarlo cuando toda esta maravillosa pesadilla concluya. El mundo mira a la Argentina, pero la Argentina se encuentra hoy en Chamartín.

Borges y su inolvidable bastón de laca

Finalmente nos metemos en la torre A de los visitantes... Alguien con acento cordobés, al borde del estadio, me había ofrecido entradas muy baratas las que compré por menos de lo que suelen costar la de los Derby locales. Luego nos enteramos que de las ochenta y un mil butacas que ofrece el Santiago Bernabéu solo fueron necesarias sesenta y dos mil. Advierto que nuestro albur quiso que estuviéramos entre lo más granado de la Doce. Fuimos cacheados por los vigilantes medía docena de veces a medida que ascendíamos vertiginosamente por aquel imponente laberinto. Borges estaba encantado. Estamos subiendo hacia el inferno del Dante... mal que le pese a Paul Claudel, susurra. Cada tanto le oigo recitar en italiano algunos versos, pero no distingo si son de la Divina Comedia o de la Eneida. 

No le puedo prestar demasiada atención porque pretendo evitar que los apretujones y clamores de los xeneizes lo importunen sobremanera. Sé que a Borges -al igual que a mí- no le gustan demasiado las multitudes, sobre todo éstas que parecen estar en el cenit del paroxismo. Por fin salimos de aquellas ruinas circulares en la última de las bandejas posibles, asomándonos vertiginosamente sobre un campo de juego que deslumbra por lo primoroso. Le comento a Borges que las ubicaciones que nos vendieron no son las mejores, pero eso al maestro no parece importarle. Al contrario: todo lo que suceda allí abajo pasará, me dice. En cambio, estos cánticos, que evocan terribles y épicas batallas, perdurarán mucho tiempo en nuestros oídos.

Le describo a Borges la situación. Estamos en el ojo del huracán. Solo la impecable organización de los encargados de seguridad garantiza nuestra supervivencia en este sector de la tribuna. Yo empiezo a dudar de nuestra impostura. Le pregunto si no le desagrada estar aquí y me responde que él, al igual que Chesterton se ha pasado toda su vida apoyando a los que tienen razón... Hoy necesitaba impregnarse de un poco de locura.
A nuestro lado se trasunta los vahos vernáculos del alcohol, pero la fraternidad de las gradas comienza a ser contagiosa. Voy perdiendo el miedo y me permito resonar yo también con la energía de la fiesta. El fútbol es maravilloso, pienso. Debieron inventarlo los últimos guerreros de una batalla imposible. Los cánticos se hacen más y más fuertes, tapando los de River que no llegan hasta nosotros. Allí enfrente los veo. Los millonarios son una compacta multitud rojiblanca moviéndose también al ritmo de sus íntimos rituales.
Aún no ha empezado el partido, pero Borges ya sabe que estamos entre los que perderán... Eso no le importa en absoluto. Me dice que lo importante es que los vencedores sepan respetar a los heridos que queden tras la batalla. 

El valor y el honor nos hermana. Y agrega que él siempre ha procurado estar de ese lado, el de los derrotados, que es un interesante lugar para comprender mejor la vida. Lo veo feliz. Por fin está en un estadio, y las amenazas que se escuchan de morir o matar le hacen sentir como en una refriega entre unitarios y federales, donde no se sabe en verdad quiénes son los verdaderos "salvajes". 

Se ríe de sí mismo y juega con sus palabras: ¡ir con los de Boca a la muerte, qué cosa más oronda! Completo para mis adentros tal sarcasmo: el mejor escritor argentino de todos los tiempos quiso entrar en la gloria llevándose seis o siete de La Doce como escolta.


Suena ahora el himno nacional y todo el inmenso estadio se constriñe en una sola emoción. Acerco mi oreja izquierda a los labios de Borges: "... los argentinos tienen derecho aún a la esperanza. Más aún, es nuestro deber..." Me lo dice a mí, que sabe que estoy algo desilusionado. Tras los aplausos comprendo que empiezo a perderlo. Y también, un poco, que me pierdo a mí mismo. Apoyo mis manos frías en sus manos templadas.
Ahora el capitán de Boca aprieta con firmeza la pelota, que acaso no sabrá manejar, y la hace rodar con bravura entre los suyos por las estrecheces de esta llanura extranjera...


Lunes, 10 de diciembre de 2018