Anarcocapitalismo o libertarismo: la bendita contradicción liberal
Recientemente tuvimos un profuso debate con el economista Javier Milei donde abordamos la pregunta "¿son los anarcocapitalistas acaso liberales?". Sin procurar agotar el debate me parece interesante trabajar sobre este tema para entender las diferencias y el esfuerzo que requiere la coexistencia de liberales, libertarios y anarcocapitalistas en espacios de trabajo conjunto.


Resulta necesario hacer algunas precisiones sobre el liberalismo y sus orígenes como para poder enmarcar este debate. Es una tradición que se consolida con posterioridad al Renacimiento y se nutre del humanismo y de su pulsión transformadora: la noción de que el sentido de la vida no es la "vida eterna" y la salvación, sino que vivir mejor en vida es un fin en si mismo. Así surge un nuevo norte: el progreso y el liberalismo lo toman como bandera. Hereda parte de sus luces del iluminismo tales como la decisión de ejercer el librepensamiento y de desembarazarse de los dogmas: la voluntad de aprender, de dudar, de pensar por uno mismo. 

Así, el liberalismo se constituye como un camino para cuestionar lo dado, lo que se presenta como obvio y evidente buscando el porqué de las cosas. Es un camino de escepticismo, de duda. 

Duda que nos lleva al abordaje respetuoso de lo diferente y lo desconocido. Lo cual nos exige una cuota de humildad. Tercero se nutre del positivismo. El mismo plantea que el conocimiento genuino surge del método científico. Es decir, de la teorización y contrastación empírica. Esto lleva al liberalismo a ser una corriente analítica, fuertemente descriptiva que construye soluciones a partir de lo dado, de lo posible y de lo comprobable. Es una corriente donde los apriorismos no tienen cabida.

Ahora bien, de lo anterior se deduce que el liberalismo no contiene un corpus cerrado de conocimiento, no es una ideología dogmática o cerrada sino que es abierta, casuística, contextuada y dinámica. Ante la pregunta: "¿Qué propone el liberalismo?" la respuesta es "depende". Los liberales van a tener distintas respuestas al mismo tema en distintos momentos y contextos. No debería sorprender que haya contradicciones entre los liberales, la ausencia de dogmatismo en la corriente impide que haya soluciones únicas a los problemas.

Tenemos otro problema: ¿Qué entendemos por progreso? Algunos han intentado resolver este problema procurando cuantificar la "felicidad" que genera cada decisión. Bentham y Stuart Mill desarrollaron la noción de cálculo feliciático que intentó "objetivar" la felicidad o utilidad producida por cada decisión. Pero siempre terminamos cayendo en el mismo callejón sin salida: es imposible establecer un sistema justo a priori de cálculo de preferencias. No se puede establecer de manera universal el camino moralmente válido de antemano en el liberalismo de manera perfecta. Sin perjuicio de que podemos excluir a los que son aquellos menos beneficiosos para la sociedad y/o los más intrusivos sobre el individuo.

¿Y qué opina del rol del Estado el liberalismo? El Estado es un instrumento. Como herramienta que es presenta sus ventajas y desventajas a la hora de formar parte de la solución de cada problema. No estoy hablando de UN Estado en particular sino que estamos analizando a la figura ficcional que surge de una comunidad organizada. Ficción que puede aportar para el progreso o para la decadencia.

En lo que si hay consenso en el liberalismo es en la preferencia de la libertad individual por sobre la planificación central. 

Es decir que ante la posibilidad de resolver un problema se priorizará, si reportan una misma utilidad o beneficio, la que represente el menor grado de intromisión sobre el individuo. Y, a la inversa, si distintas decisiones reportan el mismo grado de vulneración de la libertad, se preferirá aquella que genere la máxima utilidad. ¿Pero cómo ponderamos el valor de la libertad y de la utilidad? Otra vez nos enfrentamos a un problema que no encuentra una respuesta única, donde debemos elegir y que también debe dirimir políticamente.

Todo lo anterior nos lleva entonces a entender el problema práctico del liberalismo: implica tomar permanentemente decisiones. Hay que pensar, fundamentar, ponderar y finalmente elegir qué decisión adoptar. No hay superioridad moral a priori que permita resolver con un silogismo los dilemas que nos ofrece la vida en sociedad. Y el Estado es la herramienta que se utiliza, por ahora, para dirimir esas controversias sobre qué elecciones tomar y los límites a las mismas. Herramienta de la que los liberales descreen, que saben que contiene serios riesgos y amenazas. No obstante, tal como afirma Karl Popper en "La Sociedad Abierta y sus enemigos", el Estado en su forma de democracia republicana y liberal es el sistema que mejor permitiría resguardarnos del riesgo de una tiranía. Es decir, del riesgo de una imposición absoluta que sólo pueda vencerse mediante una revolución. Es pues el gobierno democrático a pesar de sus problemas y de ser perfectible un mal necesario en aras de evitar algo potencialmente peor, al menos provisoriamente.

El liberalismo exige hacerse cargo de la responsabilidad que acarrea el "yo elijo". Sea por tradición o por deformación, muchas personas se fueron refugiando, para evitar esta incomodidad, en distintas vertientes del iusnaturalismo. Se sacrificaron ciertas luces y libertades del liberalismo para adquirir un sistema "que cierra", sin fallas o sin riesgos. Se trata de una regresión al dogmatismo que el liberalismo supo dejar atrás. Aparece una versión sacralizada de la libertad.

Así nace el libertarismo, que trastoca el orden del liberalismo y jerarquiza una definición cerrada de la libertad por sobre el progreso entronando al "principio de no agresión" a partir del cual toda injerencia sobre la propiedad, libertad o vida de una persona debe ser reputada como una ofensa ilegítima y violenta. Este principio asociado a la idea de libertad negativa de Isaiah Berlín (en el sentido acuñado en "dos conceptos de libertad") llevado a sus últimas consecuencias exige del Estado el mero rol de árbitro. 

La profundización racional de los postulados libertarios ha llevado a algunas personas, como Rothbard, a sostener que la idea de Estado es incompatible con la libertad ya que engendra el germen de la destrucción de esta última dando nacimiento así a la corriente anarcocapitalista.

Ahora bien: ¿Son los libertarios y anarcocapitalistas liberales? Depende. El liberalismo propone un camino que puede ser recorrido por personas con distintas bases o principios filosóficos. La forma es prácticamente tan importante como el fondo para el liberalismo. Si el camino a la toma de decisiones en pos del progreso se basa en la contrastación científica, si las controversias irreconciliables se resuelven con reglas de mayorías razonables (democracia) y se garantiza un ámbito de reserva suficiente a los individuos para poder refutar o subvertir las decisiones adoptadas entonces se está actuando bajo el paraguas liberal. 

El liberalismo implica hacerse cargo de la ausencia determinista de un destino, de aceptar que en última instancia toda posición reviste algún grado de capricho o preferencia, que se puede refinar el conocimiento mediante la contrastación científica, que el diferente no es un enemigo, que el poder debe ser controlado y limitado (administrado), entre otras nociones.

Algunos podrán creer que el Estado engendra violencia o que deriva unívocamente hacia la tiranía (Rothbard), otros considerarán que las instituciones democráticas y republicanas son la salvaguarda ante el avance de la tiranía (Popper). Lo cierto es que el liberal puede subirse al debate por cualquiera de los dos lados. Habrá liberales más de izquierda y otros de derecha, pero se trata eminentemente de una tradición centrista. Podrá el liberal encontrar inspiración en el ideario libertario, anarcocapitalista, en la Biblia o en donde quiera. No es el bagaje con el que llega al debate lo que lo hace liberal sino el método para construir e impulsar sus posiciones. Si la razón guía a la persona estamos pues ante un liberal, si en cambio el dogmatismo y el fanatismo lo dominan estamos ante un iliberal. Perfectamente se puede ser un iliberal libertario o un anarcocapitalista iliberal. 

Ser liberal es mucho más que hablar de libertad.

Martes, 15 de enero de 2019
Abogado
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