Sin un acuerdo político básico cualquier plan está condenado al fracaso
Castor López
Presidente Fundación Pensar Santiago


La meta macroeconómica es razonable, pero es el desafío político el que parece enorme. 

Desde mediados del año pasado nuestro país se encuentra enfrentando otra vez el escenario de una plena recesión económica. Qué, en realidad, sucede en el marco de un prolongado estancamiento desde el año 2011 y que sólo el continuo y muy corto "zigzag" del ciclo de la inestable evolución de nuestra producción interna bruta o el PIB, en torno a un +/-2% anual, lo disimula. Desde mediados del pasado siglo XX, al menos a 1 de cada 3 años lo hemos transitado en situaciones de recesión económica. 

Se trata de una de nuestras más extravagantes características: una extrema volatilidad, una de las más elevadas del mundo. 

A un año de crecimiento, le sucede casi indefectiblemente otro de retracción económica. En las últimas décadas se observa que en los años electorales impares, impulsados por el gasto público, a modo de un antiguo "cebador" de un también antiguo "motor", generalmente crecemos algo. 

Pero, en los inmediatos siguientes años pares no electorales, con la inevitable retracción del gasto público, siempre nos atrasamos casi simétricamente. Así, la macroeconomía argentina actual sigue la cadencia de un muy corto "ciclo político" de casi sólo 2 años, que inevitablemente consolida un estancamiento económico en el mediano plazo. 

La espiral creciente de la vorágine propia de esa alta volatilidad impide "salir de la caja" de ese corto plazo. Lo concreto, como nos ocurrió tantas otras veces antes, es que actualmente nuestro PIB resulta muy similar al que obtuvimos hace 7 años. Pero ahora disponemos al mismo PIB con alrededor de un +8% más de población. Lo que significa una disminución similar de la producción por habitante. 

Estos recurrentes cortos ciclos de decrecimientos económicos, de posteriores recuperaciones y de los estancamientos resultantes, son los que explican nuestra decadencia de largo plazo, a la que siempre la hemos referido, y tolerado, en los términos relativos a los países más desarrollados del mundo. 

Pero ahora ya nos está ocurriendo incluso en la comparación relativa frente a varias naciones, como Chile o Perú, de nuestra propia región de Latinoamérica que, durante ese mismo periodo de los años 2011-2018, han incrementado sus PIB un promedio del orden del +20%. 

Los historiadores argentinos ya disponen de información de una nueva y real "década perdida". Con 35 años continuos de democracia electoral y sin el argumento regional, la persistencia de este muy corto ciclo económico argentino, con las lógicas variantes que imponen los cambiantes contextos externos, nos debería harto preocupar porque el mismo ya demostró que es capaz de atravesar tanto a las proclamas de las más diversas ideologías como a los diferentes gobiernos y a los numerosos y variados planes de estabilización propuestos. Mientras tanto, nuestra dirigencia política y la sociedad, se enfrentan recurrentemente en recicladas controversias y discusiones, incluso las referidas a la corrupción en las que el acuerdo básico debería haber sido total e inmediato. Todas las controversias persisten secularmente y nos impide colocar el foco en lo que se estima más relevante. Nuestra historia económica reciente arranca inmediatamente después de la grave crisis interna de los años 2001 y 2002, con la sostenida suba de los precios de nuestra producción exportable a partir del año 2003 y la casi simultánea caída de las tasas de interés de los capitales. 

Conformando así un contexto externo extraordinariamente favorable, tanto para Latinoamérica como para nuestro país. Hay que retroceder alrededor de un siglo para encontrar un marco exterior tan propicio para la oportunidad del desarrollo. Los precios de lo que más y mejor producimos, las materias primas de los alimentos, más que se duplicaron y hasta llegaron a triplicarse puntualmente. Inversamente, lo que siempre demandamos, el financiamiento de divisas, se ofertaba globalmente a tasas de interés casi nulas. 

Casi todos los países de la región aprovecharon cuantitativamente este boom económico, que duró desde el año 2003 hasta el 2011. El PIB de nuestro país creció alrededor de un +60% en esos 8 años. Pero ese aprovechamiento fue claramente de corto plazo. Dentro del nuevo PIB argentino se incrementó mucho más el consumo que las inversiones reproductivas y el comercio exterior. Los ingresos extraordinarios, derivados de aquellas circunstancias exógenas muy favorables, se destinaron mayoritariamente a más gasto corriente, también mayoritariamente improductivo mediante el incremento del gasto público, que pasó de significar el 23% del PIB en el año 2003 al 35% en el 2011. 

Correlativamente, durante ese mismo periodo, las inversiones públicas y privadas, cayeron desde el 20% del PIB a sólo el 16%. En cuanto a la participación y aporte al PIB del comercio exterior, este no creció nada en tan favorable período. Nuestra economía continuo cerrada dentro de un Mercosur cada vez más antiguo. Se mantuvo constante nuestra histórica participación de menos del 0,5% del total de las exportaciones mundiales. Así, la extraordinaria bonanza no sólo fue desaprovechada sino que también nuestro PIB se distorsionó gravemente. Pasó a estar conformado en más del 80% solo por el consumo y en menos del 20% por el imprescindible proceso del ahorro e inversión y la integración comercial externa. Clausurando así las posibilidades de un posterior crecimiento económico sostenible, cuando inevitablemente finalizase el excepcional ciclo externo favorable. 

Cuando los precios de las materias primas comenzaron el clásico ciclo inverso, y pese a que quedaron en un valor intermedio, superior al anterior a la alza, la decisión política contra cíclica fue incrementar aún más el gasto público hasta el 42% del PIB en el año 2015, con una alta participación de más subsidios al consumo y desplazando además la inversión privada por la pública, más cara y menos productiva, gravada en nuestro penoso caso, por el impuesto de la corrupción. 

Lo grave de la rígida distorsión macroeconómica de nuestro PIB es que produce la paradoja de una clase política y de una sociedad que hablan de una dinámica de recuperación de la actividad económica, y son optimistas, generando así expectativas positivas, sólo cuando se incrementa el consumo, aun cuando los fundamentos macroeconómicos (déficit fiscal, déficit externo y cuentas del banco central, entre otros) muestren datos negativos. 

Por el contrario, corregir la grave distorsión macroeconómica de nuestro país, fundamentalmente que al recuperarse el PIB procurar que la inversión y las exportaciones crezcan más que el consumo, exige necesariamente etapas no deseadas de caídas de las actividades económicas, de la corrección del tipo de cambio, entre otras, que generan malos momentos y humores negativos, pero que simultáneamente comienzan a mostrar graduales mejoras en los referidos fundamentos macroeconómicos, pero lo hacen en un contexto de pesimismo generalizado. 

Con el actual ciclo político tan corto y tan alto grado de desconfianza interna y disfuncionalidad de nuestra sociedad, sin un acuerdo político básico cualquier plan de estabilización macroeconómica está condenado, casi de antemano, a su fracaso. La meta de Argentina surge muy razonable, alcanzaría con la propuesta de crecer sólo 3 años consecutivos (Australia lleva 27 años creciendo). Pero el desafío de corregir la grave distorsión macroeconómica que lo impide, con el imprescindible y continuo éxito político simultáneo hoy parece enorme. 

Viernes, 1 de febrero de 2019