¿Por qué molesta tanto el que vive diferente a la mayoría?
Alejandro Bongiovanni
Director de Políticas Públicas de Fundación Libertad



No hay nada más fácil para nuestra especie que crear fuertes sentimientos de pertenencia entre grupos, incluso formados aleatoriamente (estudios muestran que dividiendo personas al azar entre Rojos y Azules, en un lapso muy corto los individuos ya empiezan a sentir diferencias a favor de los "suyos" en términos de honestidad, inteligencia, belleza). 

Dado que la estabilidad y fortaleza del grupo durante nuestro pasado de cazadores-recolectores era esencial para la subsistencia, tenemos una tendencia a querer castigar la deserción. 

Esta tendencia provoca parte del malestar de la modernidad. El mundo moderno nos recuerda todo el tiempo que hay personas que viven de otra manera, que tienen otros valores, que veneran a otros dioses, practican otros ritos, se relacionan sexualmente de otro modo.

El mensaje del mundo moderno implica algo más: que se puede vivir de todas estas otras formas sin pagar un precio, sin recibir un castigo. 

En términos generales, ya no hay ostracismo para el que piensa distinto, ya no sufren represalias quienes dejan de observar ciertos preceptos morales, las mujeres ya no son castigadas si prescinden de la autoridad del hombre. Estos avances culturales, sin embargo, chocan en nuestra mente (que evoluciona mucho más lento que nuestra sociedad) chipeada para entender que coalición y supervivencia van necesariamente de la mano. 

Nos sentimos entonces amenazados por los que quieren vivir distinto porque creemos que, en algún grado, su deserción hace peligrar nuestro bienestar.
Por eso deseamos el castigo real o potencial del desertor. Conocí a una señora que se jactaba de nunca haberse divorciado a pesar de que su matrimonio la hacía sufrir mucho, porque eso era lo correcto. La permisión del divorcio (el no castigo) la molestaba grandemente. No es que sólo creemos que la hormiga hace mejor que la cigarra, sino que queremos (y esto cabe pensarlo) que la cigarra sufra un castigo. 

El Apocalipsis no es un libro de tristeza sino de alegría, dice la teología, dado que los pecadores sucumbirán. Tenemos encriptado el deseo de que quien se aparte de la forma de vida del grupo debe ser castigado, porque de otro modo sospechamos que desertar será fácil y que quizás la supuesta seguridad del grupo se verá afectada.

La modernidad es una explosión de formas distintas de vivir, comer, educar, explicar, hacer arte, divertirse, tener sexo, intoxicarse, sanarse, etc. No es difícil sentir que se perdió la "guía", el "rumbo", que falta un elemento ordenador, una fuerza centrípeta que vuelva a unir los pedazos sueltos (los individuos) en grupos más homogéneos y por lo tanto "seguros". De ahí que a la globalidad y la modernidad se le opongan nuevos proyectos anclados en lo atávico, que buscan coalicionar a través de conceptos como la nación, la religión, la clase, el género, etc. 

El controlar el instintivo miedo a lo distinto es una tarea muy necesaria. Y difícil. A fin de cuentas, somos cazadores-recolectores viviendo entre edificios.

Lunes, 4 de febrero de 2019