Venezuela: cómo saltó de la gloria petrolera al barro del chavismo
José Manuel Rodríguez
Ganador del concurso de ensayos de la Red Liberal de America Latina. Director de Desarrollo Institucional en Fundación Federalismo y Libertad


Venezuela, el país caribeño ubicado al norte de Sudamérica, hoy es el eje temático en el cual discurren la mayoría de los análisis y discusiones a nivel internacional. Sin embargo, hace un tiempo, Venezuela no era más que un país caribeño, exótico, y conocido por sus hermosas playas y riqueza petrolera, ¿Qué camino transitó esta nación hasta llegar al ojo del huracán actual?

La República de Venezuela, nacionalizó toda su industria petrolera el 1 de enero de 1976, cuando la administración del Presidente Carlos Andrés Pérez fundó la compañía estatal Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (PDVSA).

Acto protocolar de la Nacionalización Petrolera en 1976.

John D. Rockefeller aseguraba que el mejor negocio del mundo era una compañía petrolera y el segundo mejor negocio del mundo era una compañía petrolera mal gestionada.

Así fue como el Estado Venezolano se hizo multimillonario, de la noche a la mañana. Lo que le otorgó a la economía venezolana, una condición sine qua non en la historia económica. El Estado Venezolano era capaz de sostener una enorme estructura populista, sin tocarle un pelo a la industria privada.

Los ingresos petroleros del Estado venezolano sustituyeron aquella riqueza que comúnmente los gobiernos populistas consiguen a través de la fuerza impositiva al sector privado. De esta manera pudieron florecer dos sectores, un sector público, rentista del petróleo, con un Estado cada vez más fornido y poderoso, y un sector privado pujante, sin nada que lo molestara demasiado.

Venezuela era un paraíso, no solo por sus playas o sus infinitas bellezas naturales, sino por el contexto regional. Un cruel conflicto armado en Colombia, y las diversas dictaduras que azotaban las naciones latinoamericanas, hacían de Venezuela uno de los únicos destinos libres al cual un ciudadano podía aspirar de este lado del Atlántico.

Mientras los sectores más populares eran beneficiados con programas sociales y subsidios, la clase media crecía junto con un sector privado que encontraba en Venezuela una sociedad aparentemente estable y libre, con un Estado populista que inéditamente había encontrado una fuente de financiamiento alternativa al establecimiento de un gran sistema fiscal, sin embargo, encontraba esta condición, la semilla de su propia destrucción.

Para 1992, el Estado, acostumbrado a gastar incluso por encima de sus ingresos petroleros en un espiral frenético de medidas populares, se encontraba endeudado, y ahora, envuelto en la fluctuación de los precios del petróleo, que dejaba su economía a la deriva cuando estos tendían a la baja.

A pesar de que la región comenzaba a mejorar institucionalmente, Venezuela retrocedía, sumergiéndose en una ola de tensiones que devino en un intento de golpe de Estado, el 4 de febrero de 1992, ejecutado por el comandante del Batallón de Paracaidistas de Maracay, Hugo Chávez.

4F: El golpe fallido

Fracasado el golpe, una nueva crisis política devino en el procesamiento del Presidente Carlos Andrés Pérez, quien se encontraba reformando nuevamente el Estado Venezolano, promoviendo paradójicamente la privatización de las industrias públicas, intentando dar un gran viraje, iniciativa que la historia juzgaría como el último intento coherente de enderezar el destino del Venezuela.

La crisis política devino en la elección de un outsider, de alguien con rostro, discursos e ideas nuevas. 

Aquel insurgente que años atrás manchó con sus manos la trayectoria democrática de Venezuela, ahora recorría el país besando niños y abrazando ancianos, en un torbellino irracional de popularidad.

Poco se puede decir del gobierno chavista que ya no se sepa. Chávez encontró un Estado ya acostumbrado a la plenipotencia y a una sociedad amalgamada al mesianismo de sus líderes, su plan encajaba dentro de las circunstancias e hizo germinar esa semilla sembrada años atrás.

El chavismo simplemente llevó al extremo la conducta estatal cotidiana, solo que esta vez, no estaba dispuesto a convivir con la empresa privada. Las expropiaciones y planes de nacionalización, hicieron que cada producto y servicio producido en el país, pasara por las manos, o al menos la supervisión del Estado, esta mano dura, sostenida por el petróleo con términos de intercambio sin precedentes, volvieron a posicionar lo que se había dado por muerto aquel noviembre del 89 en Berlín.

Hugo Chávez liquidó gran parte de la empresa privada, motivo por el cual su sucesor, Nicolás Maduro, avanzó sobre otras áreas de la vida ciudadana, como la educación, los medios de comunicación, el turismo o la cultura.

Inflación de más de diez dígitos, migración desesperada, represión y hambre, son los elementos que integran la actualidad venezolana.

A principios de año, una nueva estrategia para desplazar a Maduro del poder dio inicio, desconociendo su mandato sobre la base de la ausencia de elecciones constitucionales durante 2018, estableciendo a Juan Guaidó como Presidente encargado.

La oposición venezolana ha impulsado diferentes estrategias contra el chavismo, que se han estrellado contra el pragmatismo del régimen, o expuesto la evidente incompetencia y negligencia política de gran parte de los sectores que la integran, sin embargo esta etapa, es diferente.

La gran diferencia no se encuentra dentro del país, sino fuera de él. 

El giro político de la región deja a Maduro sin aliados, pero especialmente Estados Unidos asume un rol crucial, al involucrarse en el proceso de una manera que no tiene precedentes.

Este impulso por parte de la política exterior americana, vuelca sobre el régimen toda la presión del hemisferio occidental, donde no se descarta la alternativa militar.

Cuando se materializa un respaldo de tal magnitud por parte de los Estados Unidos, es difícil pensar en que el régimen puede sobrevivir mucho tiempo, ¿Qué podemos esperar entonces de la Venezuela del mañana?

La libertad de los presos políticos, el fin de la censura, recuperación institucional de las ramas de poder público, serán las primeras conquistas de una transición a la democracia, pero ello no basta.

Pasada la euforia de la vuelta a la democracia, la dirigencia política enfrentará aquello que asumió Japón o Alemania a finales del 45, el gran reto de construir nuevamente al país. Al respecto, ¿podemos ser optimistas?

Es difícil conseguir en la oposición venezolana, a sectores que se manifiesten a favor del libre mercado o el rol crucial del sector privado en el renacer que los venezolanos esperan para el país.

Al mismo tiempo, aunque parte lo ha entendido, sectores de la sociedad venezolana no han comprendido o reflexionado sobre el modelo estatista que sigue el país desde hace casi seis décadas, y consideran en cambio que el problema radica en la competencia o responsabilidad gerencial del sector público.

La mayoría de los sectores políticos y parte de la sociedad venezolana parecieran querer volver a apostar por el protagonismo del Estado en el crecimiento, ciertamente más responsable, comedido y racional que el chavista, pero sustancialmente ineficiente.

Sin embargo, tres millones de venezolanos en el exterior, comúnmente comparten un sentimiento de emprendimiento y han logrado comprender el rol del sector privado en el desarrollo de la sociedad, de la mano de la experiencia de diferentes países.

Solo por usar un ejemplo, gran parte de la comunidad venezolana en Argentina ha logrado identificar en la presión fiscal, uno de los principales obstáculos para el éxito del programa económico de Mauricio Macri. Noción que en Venezuela, no es comúnmente palpable.

Una vez desplazado el régimen, la sociedad venezolana deberá entender que el desarrollo no llegará por sí solo, y deberá enfrentar la dura realidad de que la decadencia, no era consecuencia solamente de la administración chavista, sino de la propia cultura política que los llevó al poder, y que aún subyace en gran parte de la naturaleza social del venezolano. La Venezuela del futuro es un enigma, con diferentes escenarios.

Podremos encontrar un milagro económico en la región, que impulse al continente junto con las nuevas tendencias políticas a un progreso sostenido por primera vez en la historia.

O podemos encontrar una sociedad que se negó a aprender de sus errores, y un gobierno sin capacidad práctica de hacer reflotar al país, generando las condiciones para que más tarde que temprano seamos testigos del resurgimiento del socialismo del siglo XXI.

Sea como sea, son dos escenarios que solo podrán suscitarse en democracia y libertad, hacia donde Venezuela parece enrumbada.

Jueves, 7 de febrero de 2019
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