En educación, prohibir la competencia es nivelar hacia abajo
Tomás Santolín Godoy


En las últimas semanas, la tranquilidad veraniega de la política chilena se vio sacudida por la presentación de un proyecto de ley del oficialismo que busca restituir a la selección por mérito como el principal criterio de admisión en ciertos establecimientos educativos. La resistencia por parte de la oposición, en particular desde sectores progresistas y de izquierda, avivó el debate respecto a qué rol que se le debe otorgar al mérito y a la competencia en una sociedad que se pretenda justa. ¿Es la meritocracia una trampa del capitalismo para perpetuar las condiciones de desigualdad existentes? (Spoiler alert: no).

El proyecto legislativo presentado por Piñera, bautizado "Ley de Admisión Justa", apunta a modificar el sistema de admisiones en los liceos considerados de elite o de alta exigencia, para permitir que éstos puedan seleccionar a la totalidad de sus ingresantes bajo un criterio de excelencia académica. 

Este criterio basado en el mérito puede consistir en la realización de un examen de ingreso, en la comparación de las notas obtenidas por los postulantes en sus colegios de origen, o bien en mecanismos propios que cada institución decida. En rigor, el proyecto reemplaza a la actual Ley de Inclusión, presentada por Bachelet en el 2014, la cual limita la selección por mérito a un máximo del 30% de la plantilla, además de impedir la realización de pruebas de selección a los ingresantes.

El principal argumento de la oposición para oponerse al proyecto es que atenta contra la igualdad de oportunidades, en tanto beneficia a aquellos que por su posición socioeconómica favorable se hubieran privilegiado de un mayor capital cultural y económico en su formación temprana. 

Proponen entonces mantener el sistema actual, que se basa en el azar, por sobre lo que entienden como una "discriminación arbitraria en los procesos de admisión de los alumnos".

Lo cierto es que la relación entre la izquierda y la idea de meritocracia siempre ha sido conflictiva. En primer lugar, es justo y necesario aclarar lo siguiente: la desigualdad de oportunidades existe. 

Nadie en su sano juicio puede afirmar que un niño que nació en un hogar de bajos recursos, que no contó con la alimentación adecuada, ni con los espacios necesarios de recreación y formación temprana, ni con un ambiente propicio de acceso a la cultura, y un largo etcétera, estará en las mismas condiciones que aquel que sí dispuso de ese entorno. 

El problema entonces no es tanto discutir la existencia o no de la desigualdad de oportunidades. Más bien, el punto está en decidir cómo piensa organizarse una sociedad que debe convivir con las mismas, suponiendo que se persiga un ordenamiento social justo.

El interrogante que surge es el siguiente: ¿es inteligente el reclamo de la izquierda de minar los ámbitos educativos que propicien la competencia y el esfuerzo individual? ¿qué es lo que dicen perseguir, y que es lo que en los hechos terminan logrando? Es interesante mirar algunos datos: el Instituto Nacional, emblemático liceo municipal (público) ubicado en Santiago, es uno de los establecimientos que se verían afectados por el proyecto del gobierno. 

Este instituto tiene la particularidad de haber formado a nada menos que dieciocho presidentes chilenos. Muchos de ellos provenientes de orígenes humildes, lograron hacerse un lugar en una arena política tradicionalmente reservada a un selecto grupo de familias patricias. Fue la educación de excelencia, reservada no a una elite socioeconómica sino a aquellos jóvenes cuyo esfuerzo y dedicación los destacara por sobre el resto, la herramienta que de facto permitió democratizar (aunque sea en alguna medida) el acceso a los principales cargos de responsabilidad institucional.

La selección por excelencia académica es la clave necesaria (no suficiente) que explica la condición de élite de estos establecimientos. Supongamos que esa selección no hubiera existido. Cuesta imaginar que, como plantea la izquierda, anulando la selección por mérito la educación automáticamente se habría nivelado hacia arriba. Más bien al contrario, no es disparatado pensar que en ese caso la educación de élite sí hubiese quedado reservada a las familias más pudientes, y no simplemente con un sesgo de ventaja social sino con un impedimento real como es la matrícula. Estarían de ese modo logrando lo opuesto a lo que dicen perseguir.

Existe cierto consenso respecto a que el Estado debería generar un punto de partida relativamente equitativo para propiciar una justa competencia. Incluso autores que defienden al libre mercado y a la democracia liberal como pilares rectores de una sociedad, como es el caso de John Rawls, reconocen la necesidad de que exista un entendimiento social que garantice cierta distribución de la riqueza, permitiendo así que cada individuo logre su autonomía y realización.

Ahora bien: si la manera de generar condiciones equitativas que propone la izquierda es la eliminación de aquellas instancias de competencia que (es cierto) pudieran llegar a tener un sesgo social, el resultado será ni más ni menos que el empobrecimiento total de la educación. 

Prohibir la competencia en lugar de propiciar condiciones iniciales más igualitarias es lisa y llanamente nivelar hacia abajo, suprimiendo los (pocos o muchos) espacios educativos que sí funcionen como canales democratizadores. 

Reducir los logros individuales a una mera cuestión de azar y origen socioeconómico es tan limitado como creer que la búsqueda de una sociedad más equitativa es incompatible con el reconocimiento al esfuerzo individual.

Si recordamos el popular enunciado marxista, "de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades", no sorprenderá que los sectores de la izquierda busquen negar el reconocimiento a los logros como parte de su ideario de sociedad. Caer en esa trampa significaría dinamitar los incentivos al esfuerzo y la dedicación, semilla y motor de todo progreso que la humanidad haya conocido. Una sociedad que no premia el esfuerzo de sus integrantes deriva en resultados calamitosos de los cuales nuestra civilización ya ha tenido demasiadas muestras. 

Seamos justos, permitamos la auto superación.

Viernes, 8 de febrero de 2019
Asesor legislativo
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