Los riesgos de la clase política de abrir (y caer en) su propia trampa
Castor López
Presidente Fundación Pensar Santiago



Desde el último cuarto del siglo XIX y hasta mediados del pasado siglo XX nuestro país ocupó, con una muy destacable continuidad en aquellos alrededor de 70 convulsionados años (grave crisis interna de deuda a finales del siglo XIX, Primera Guerra Mundial, depresión internacional, Segunda Guerra Mundial y post guerra) una sostenida posición dentro de las aproximadamente primeras 10 o 15 economías del mundo. Así lo indican los objetivos términos del índice producto interno bruto (PIB) por habitante.


El gráfico elegido, de las muchas opciones disponibles para visualizar nuestro desempeño de largo plazo, muestra el PIB (GDP en inglés) por habitante de Argentina, en términos porcentuales del de los EEUU (US en inglés), desde el inicio del siglo XX, precisamente cuando los EEUU pasaron a ocupar la primera posición global, hasta nuestros días. Se observa como hasta los principios de los años de la década de 1940 fuimos capaces de sostener un promedio de aproximadamente el 70% del producto bruto per capita del país líder del mundo.

El PIB es indicador estadístico global, pero considerado muy robusto por su significado, al resultar un índice próximo a la productividad per capita de una nación. Es el cociente del valor económico bruto total de todos los bienes y de los servicios producidos anualmente por un país, dividido por su población. Desde mediados del siglo pasado ingresamos en una persistente decadencia relativa, que actualmente nos ubica en la posición 62 de la grilla económica internacional, en términos del PIB por habitante, entre los poco menos de 200 países que componen el mundo actual.

Se trata de un nuevo y extenso periodo, desde mediados del pasado siglo XX hasta nuestros días; paradójicamente son también alrededor de otros 70 años continuos, con algunos muy pocos intentos de recuperaciones pero, en general, de un atraso relativo sostenido. Al eventual asombro del mundo actual lo podríamos presumir similar al provocado hace unos 100 años, pero por características diametralmente opuestas de nuestra productividad, antes llamativamente elevada y hoy en día extremadamente escasa.

Obviamente que crecimos desde mediados del siglo pasado. Pero lo hicimos, y aún lo hacemos, muy lentamente en términos relativos a lo que simultáneamente avanzó el mundo y la misma región propia de Latinoamérica. Nuestra actual tasa de crecimiento de largo plazo, resultado de los cada vez más cortos ciclos de muy bruscos "stops" y de siguientes "go" de recuperaciones parciales de nuestra extremadamente volátil economía, no alcanza al +1% anual, frente al promedio de casi el +4% del mundo.

Un mundo en el que los países llamados emergentes están creciendo más rápido que las naciones ya avanzadas, que lo hacen a un ritmo inferior a esa tasa media, en la gradual marcha conjunta hacia una futura, y cada vez más cercana, convergencia global. Actualmente nos ubicamos en la posición 153 de velocidad de crecimiento económico. O sea que ya estamos atrás en la grilla global de naciones, e iremos más atrás aún si continuamos actuando bajo las reglas derivadas de una escasa memoria, de instituciones frágiles y de fuertes y obsoletos prejuicios ideológicos, rechazando sistemáticamente a toda idea de modernidad.

Las economías hoy en día crecen predominantemente por la calidad de su capital humano, esto por sus conocimientos, especialmente tecnológicos, y por sus habilidades productivas. Pero también lo hacen por su elevada capacidad de acción colectiva, tanto para la organización general interna de la producción, como para las interacciones con el mundo. Los indicadores específicos son el grado de la inversión y de la apertura comercial y cultural alcanzados por una economía. Nuestra actual inversión reproductiva no alcanza al 15% del PIB, mientras que la media de los países que efectivamente progresan resulta del orden del 25% de sus PIB.

Similarmente, nuestra actual apertura económica, esto es el agregado de las exportaciones más las importaciones, alcanza a sólo el 25% de nuestro PIB. En las naciones que continuamente crecen se verifica, cuanto menos, el doble de ese ratio. Ambos indicadores, la inversión y el comercio exterior, resultan hoy fundamentales para explicar al crecimiento económico. En estos específicos términos, nos ubicamos actualmente por encima de la posición 150 entre todos los países del mundo.

Por otra parte, una muy penosa historia de frecuentes confiscaciones del estado y de devaluaciones de la moneda nacional, a la que ya le quitamos 13 ceros en menos de 150 años, conformó nuestra actual economía con una inflación estructural ya crónica (durante los últimos 70 años, solo en 13 de ellos la inflación fue de 1 dígito) y plenamente bi monetaria: los pesos son sólo demandados para el consumo de corto plazo y son los dólares los que se atesoran para el determinante proceso del ahorro y de su contra cara, la inversión.

En la Fundación RAP (Red de Acción Política), dirigida por Alan Clutterbuck y Paula Montoya, Juan José Llach nos reitera incansablemente que nuestro país alcanzó ya una posición desorbitada y excéntrica, esto es ya de una muy grave anormalidad relativa, no sólo en el contexto mundial sino también ante el marco regional de Latinoamérica. Prueba de ello es que actualmente, después del excepcional caso de Venezuela, es uno de los muy pocos países del mundo que aún tiene una alta inflación.

En el mismo ámbito institucional, simultáneamente José María Fanelli plantea que Argentina está atrapada en "una trampa de escaso crecimiento económico". Trampa de la que es imprescindible salir y cuanto antes. La misma consiste en haber arribado, producto de una muy favorable circunstancia externa que ya cesó, a una situación de un elevado gasto público del 42% del PIB, mayoritariamente compuesto por erogaciones corrientes, con un simultáneo y alto déficit fiscal del orden 6% del PIB.

Esta inédita situación, pues si bien antes tuvimos coyunturas de déficit fiscal de hasta mas del doble del actual en términos del PIB, el gasto público siempre oscilaba sólo entre el 25% y el 30% del PIB, hace particularmente difícil su actual reducción por la doble razón: (a) de la absoluta imposibilidad de una mayor presión fiscal, porque paralizaría a la economía genuinamente productiva, y (b) de la inflexibilidad a la disminución del gasto público alcanzado, sin generar una muy grave conmoción y un caos político y social.

La descripción de la secuencia de esta trampa, que ya no es más sólo de ingresos medios sino que ahora resulta de estancamiento económico y de pobreza, se inicia con el elevado gasto público ya alcanzado, especialmente por su muy escasa productividad; continúa con la ya referida imposibilidad de bajar el déficit fiscal y de poder disminuir la elevada presión tributaria sobre el sector privado. Ello se traduce en el bajo crecimiento económico resultante y en una muy débil demanda de empleo productivo, inferior a la incorporación anual a la población económicamente activa.

El desempleo y la pobreza derivada, además de la escasa movilidad social que se observa, pues ya existen penosamente en nuestro país nietos pobres de abuelos pobres, debilita a la gobernabilidad política e impide a las necesarias reformas estructurales, aumentando así nuevamente la presión del votante medio sobre un aún mayor gasto público. ¿Cómo salir de esta trampa de estancamiento económico? Afortunadamente, lo pudieron hacer varios países. Y tan diversos como Australia o Israel, entre otros.

Lo hicieron reconstruyendo la confianza interna perdida entre los representantes de los diversos factores de la producción, en nuestro caso: el ahorro de capital propio existe y es relevante, pero no está disponible para la inversión local; nuestra fuerza de trabajo, aún es importante en su cantidad relativa pero tiene grandes necesidades de capacitación en las habilidades productivas modernas y la clase empresaria nacional debe reconvertirse con una menor aversión a los procesos competitivos en los negocios.

Todos los factores deben aceptar y acordar la necesidad de un simultáneo cambio, gradual y equitativo, pero estructural, hacia la modernidad de las ideas. Para esa acción colectiva se necesita una primaria agenda de un formidable progreso institucional en el mercado de capitales, en la educación tecnológica, en la modernidad laboral y en un relajamiento de los comportamientos corporativos.

Como bien dice Fanelli, al describir a una salida posible de nuestra muy heterogénea Argentina actual: "hay que trabajar cosiendo entre sí a los numerosos y variados retazos". ¿De quién es esa responsabilidad? De un consenso básico de la clase política de esa primaria agenda. Pero allí es donde nos espera una nueva trampa, ahora política, e incluso probablemente más complicada aun que la del estancamiento económico.

El sociólogo Juan Carlos Portantiero formuló el concepto de un "empate hegemónico" en la política, para referirse a la situación del "status quo" que se genera en un país cuando un par de grandes coaliciones, cada una alternativamente capaz de vetar a los proyectos de la otra, pero sin alcanzar nunca ninguna de ellas el suficiente poder político parlamentario necesario para imponer democráticamente, de una manera sostenible en el mediano plazo, sus propios proyectos. Esta simetría o equivalencia política, en términos electorales, paraliza a cualquier propuesta de un cambio necesario, por la ausencia del imprescindible consenso básico referido.

Así como en los ciclos de bonanza económica, una gran parte de nuestra clase política se solaza declamando que son sus decisiones las que siempre deben regir prioritariamente, es ahora en los periodos de crisis, cuando cesan las euforias e ilusiones y surgen los desencantos, cuando la misma clase política debe asumir, también tan plenamente, su simétrica pero mucho más comprobada responsabilidad ante la sociedad de "abrir su propia trampa".


Martes, 5 de marzo de 2019
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