A sacarse la careta: el verdadero progresismo es liberal


(Julio Montero para ClarínEn el imaginario popular, liberalismo y progresismo son conceptos antagónicos. Si uno es liberal está a favor del capitalismo, la propiedad privada y el libre mercado. En cambio, el progresismo promueve la igualdad, los derechos humanos y la participación democrática. Tal es el mapa conceptual que domina la política latinoamericana, atrayendo a muchos progresistas al populismo.

La reacción de la izquierda a la crisis en Venezuela obliga a revisar este prejuicio. 

Los mismos que acusan a Cambiemos de ser una dictadura, apoyan a un tirano que reprime a su pueblo, encarcela disidentes y avala el uso de la picana. ¿Cuántos Santiago Maldonado habrá matado ya Maduro? 

Mientras algunos recurren al viejo truco de negar la evidencia, otros distraen la atención advirtiendo sobre una intervención imperialista. No es una sorpresa: la izquierda latinoamericana tiene un prontuario de coqueteo con regímenes criminales que oprimen al pueblo.


Ya un breve recorrido por la historia de las ideas pone al descubierto que las principales banderas del progresismo son invenciones liberales. Como explica Ronald Dworkin, la médula del ideario liberal es la igualdad entre las personas como sujetos autónomos.

De ese axioma fundamental se derivan tanto la defensa incondicional de las libertades como el compromiso con la participación, el respeto por las minorías y una justicia social orientada a promover la capacidad de cada individuo de formarse un plan de vida propio.

Es cierto que la derecha liberal suele reducirse a la reivindicación del libre-mercado. Pero el liberalismo incluye también una tradición igualitaria, asociada a autores como Mill, Dewey y John Rawls. En ella se inspira la socialdemocracia Europea.

Del lado contrario, la izquierda siempre tuvo antipatía por la agenda progresista. Marx no solo condenaba la propiedad privada, sino también la democracia y los derechos humanos, supremas ficciones burguesas que había que erradicar. Tal vez por eso, los socialismos reales se inclinaron siempre hacia la dictadura.

Tras la caída del Muro, la izquierda europea realizó una profunda revisión: comprendió que no podría cumplir su promesa emancipatoria a menos que se convirtiera en un liberalismo de izquierda. La corriente intelectual encabezada por autores como Cohen, Elster y Van Parijs aportó los fundamentos para la reconversión. También en América Latina la izquierda hizo un viraje discursivo, apropiándose de la retórica de los derechos humanos, la democracia y el respeto por las minorías.

El caso Venezuela revela que es una mera estrategia de marketing en la que esos valores son vaciados de contenido. Naturalmente, no podemos esperar que los filo marxistas abandonen el cinismo. Pero la lucha por una democracia inclusiva se vería enormemente beneficiada si intelectuales y dirigentes progresistas se reconciliaran con sus orígenes y abjuraran del autoritarismo.

Miércoles, 6 de marzo de 2019