La pobreza es una flecha que atraviesa a toda la sociedad


(Juan Luis Bour para La NaciónEn el corto plazo los índices de pobreza pueden estar fuertemente afectados por cambios en la tasa de inflación: la población con ingresos próximos al nivel de pobreza puede caer en esa situación cuando las tasas de inflación se disparan por sobre la evolución de sus ingresos.

Durante las recesiones el fenómeno se agrava, ya que el porcentaje de trabajadores informales suele aumentar (escasean los empleos formales y se aceptan trabajos temporarios y changas) y, al mismo tiempo, es probable que los ingresos medios crezcan menos que la inflación, en buena medida porque los nuevos trabajos son de baja productividad.

En los últimos 12 meses (con datos a enero) el porcentaje de informales creció, pero sus ingresos promedio crecieron 29,7% frente a una inflación de 49,3% en el mismo período. La pérdida de ingresos reales (más de 13%) se sumó a caídas de ingresos reales de población asalariada formal y jubilados, y a la pérdida neta de empleos -lo que reduce los ingresos del hogar-. Por lo tanto, en buena medida estamos viendo el impacto sobre la distribución de los ingresos de una recesión con saltos en la tasa de inflación.

El ciclo actual muestra la virulencia del impacto de cambios en la tasa de inflación, ya que los cambios en empleo han sido en el agregado de menor magnitud relativa. En efecto, en la segunda mitad de 2016 la tasa de pobreza era de 30,3%, bajó casi 5 puntos un año después (segundo semestre de 2017) para crecer más de 6 puntos -hasta 32%- en el segundo semestre de 2018.

La inflación promediaba casi 40% en la segunda mitad de 2016, había caído a menos de 25% en el mismo período de 2017 y saltó al 41,4% en los últimos seis meses del año pasado. ¿Crecerán los índices de pobreza en el primer semestre de 2019? Seguramente veremos un nuevo aumento de estos índices, ya que la tasa de inflación probablemente se ubique cerca del 54% y el proceso de corrección de desequilibrios en que está inmersa la economía no permite una corrección semejante de salarios y jubilaciones.

Esa corrección de desequilibrios a la que aludimos no es otra que el intento por "recalibrar" las relaciones de gasto y ahorro de los argentinos para poner de nuevo al país en una senda de crecimiento. El ahorro doméstico es muy bajo porque el sector público desahorra y con ello se dan señales para que también el sector privado gaste en exceso (la cuenta de turismo es solo un ejemplo). El desequilibrio fiscal y externo son un indicio de que gastamos por sobre nuestras posibilidades. Pocos nos prestan y por ello hacemos default con frecuencia, un escenario temido y sin embargo reiterado.

Para corregir los desbalances se requiere corregir muchos precios y en particular se necesita un tipo de cambio muy alto. Una parte de la devaluación sin embargo se "pierde" en mayor inflación en una economía en la que nadie quiere ahorrar en pesos -a menos que se pague una tasa exorbitante de interés-. Por lo tanto, para corregir 30 o 40% el precio real del dólar se requiere una devaluación nominal muy superior.

Pero aún cuando la pobreza podría descender en forma apreciable con la estabilización de la economía -es decir, con la convergencia a tasas de inflación civilizadas-, resolver el problema de la pobreza requiere un esfuerzo bien superior al que probablemente cree necesario una importante proporción de la clase política de cualquier signo.

Algunos reducen el problema -en efecto- a una cuestión que se resuelve controlando precios y agregando más políticas redistributivas (impuestos más altos a unos para financiar generosos subsidios a otros). Es una solución ilusoria, ya que la pobreza es reflejo de bajos niveles de productividad que impiden sostener salarios elevados. La pobreza no solo es de una parte, sino de toda la sociedad.

Se necesitan muchas reformas para mejorar la capacidad de los argentinos para producir con eficiencia y mejorar nuestros ingresos. La agenda está a la vista, será cuestión de esperar a que la clase política se anime a plantear el desafío a los argentinos.

El autor es economista jefe de FIEL



Viernes, 29 de marzo de 2019