¿Qué le sucede a la Argentina y hacia dónde vamos?
Castor López
Presidente Fundación Pensar Santiago


¿Qué nos pasa y hacia dónde vamos?


Hace exactamente un año se verificaba un "hito financiero global" que era esperado y, simultáneamente, muy temido por las economías de los países denominados "emergentes", aún cuando esa condición ascendente en muchos de ellos todavía esté sujeta a un efectivo cumplimiento. En especial en aquellos países que, como el nuestro, no supieron aprovechar la importante oportunidad del contexto internacional extraordinariamente favorable del período de los años 2002-2011: una tasa de interés cuasi cero del capital disponible y elevados precios de sus exportaciones frente a los precios de las importaciones: los llamados "términos relativos", que históricamente habían sido adversos y en aquel periodo fueron muy convenientes.

Una adecuada lectura, y acción, de una política pública adecuada en aquel marco exterior muy favorable habría fortalecido, de manera relevante, nuestras propias capacidades productivas y seríamos hoy menos permeables a los continuos cambios globales, en especial a la volatilidad financiera exterior. Pero, ese escenario contra fáctico ya pasó a integrar el extenso listado histórico de las oportunidades perdidas por nuestro país. El referido hito financiero global fue el incremento de la tasa de interés de los bonos del tesoro de los EEUU a 10 años de plazo: desde los valores casi nulos en los que se mantuvo, especialmente durante la década de los años 2008-2018, a modo de contribución de los EEUU para atenuar la crisis financiera global del año 2008, hacia el actual +3% anual.

Con el final de este extraordinario auxilio monetario de los EEUU a la recuperación económica mundial, comenzaba inmediatamente uno de los puntales de la estrategia política del presidente Donald Trump: el rápido retorno de los capitales globales a los EEUU para el financiamiento de sus inversiones. Nuestro país, con un nuevo gobierno nacional desde fines del año 2015, había tenido un punto de partida muy complejo con numerosos, inmediatos, graves y simultáneos desequilibrios macroeconómicos, cubiertos por un clima generalizado de corrupción. Pero que, muy oportunamente para el gobierno anterior, no habían surgido aún explícitamente a la economía real argentina, pese a que esta estaba en una situación de estancamiento desde el año 2011.

El nuevo gobierno dispuso de las expectativas positivas del cambio propuesto y del crédito y el financiamiento externo derivado de ello. Que, en realidad, era la única herramienta que quedaba aún disponible para intentar una nueva estabilización fiscal de Argentina. Con minorías parlamentarias en ambas cámaras, subestimación de la gravedad de la situación, sobrestimación de capacidad propia y una dirigencia política, empresarial y gremial que, ante cada periódica crisis, ya declarada o implícita (aún "por estallar") y la recurrente propuesta de cambio, se promete cumplirla. 

Pero luego, cuando el cambio la roza con sus inevitables costos iniciales, retrocede hacia un histórico conservadurismo, siempre "vestido" de progresismo, y lo rechaza, si no en todas sus formas, si en sus principales fondos.

En el debate de la modalidad del cambio propuesto de: ¿shock o gradualismo? el gobierno optó por este último, bajo la hipótesis que un gradual crecimiento resultaría consistente con un simultáneo endeudamiento público. Pero, esa convergencia quedaba determinada, tanto por una expectativa de inversión muy optimista como por una tasa de interés variable, que por entonces era baja pero que, claramente, era insostenible en el mediano plazo. Además, los mecanismos reales internos de poder y presión de nuestra administración pública, en el marco de una democracia de más de 35 años pero aún operando en un "modo argentino", sesgaba el crédito externo hacia el gasto público corriente y no a las transformaciones estructurales del sector público que la economía argentina, en su conjunto, demandaba para dejar atrás el estancamiento económico.

Pero, el gradualismo también ofrecía su siempre muy agradable contra cara, de corto plazo, de no afectar el consumo (pero sí al ahorro, la inversión, el empleo productivo y la exportación); de permitir ganar las elecciones legislativas del año 2017 y hasta de dar a la oposición la sensación política que, en términos electorales, "no había año 2019", que la reelección era de una altísima probabilidad y que debían pensar en el año 2023. Aquel rápido incremento de la tasa de interés de hace un año produjo, no sólo un súbito freno del ingreso de nuevos capitales al país, sino también su inmediata salida masiva. Nuestro país nunca logró tener un mercado financiero suficiente y confiable de capitales propios, pese a tener los ahorros suficientes.

Los trece ceros quitados a nuestra moneda durante los últimos 50 años lo explican. La economía argentina, que durante el primer trimestre del año 2018 crecía al +3,5% anual, se detuvo abruptamente y su PIB cayó un -2,5% el año pasado; el tipo de cambio se recuperó un +100% , traumáticamente, como lo hace siempre cuando lo atrasamos prolongadamente ex profeso y trasladó un incremento a los precios del +50% anual, con una evolución de los salarios del +30% anual. La pérdida de poder adquisitivo del orden del -20% durante el año 2018 cambió abruptamente aquella sensación política; con un creciente clima de malhumor social, el año 2019 volvía a existir en términos electorales.

De allí en más, la historia reciente es conocida: la pérdida total del acceso al crédito externo voluntario y el inmediato auxilio financiero del FMI, como el prestamista de última instancia, bajo un urgente programa, con el objetivo de una pronta estabilidad de las cuentas públicas. Ahora, ¿Porque la situación de las finanzas públicas hoy resulta tan grave, con el obvio "contagio" a la economía argentina en su conjunto?; Pues, el actual déficit fiscal total resulta de sólo algo menos del -5% del PIB. Cuando, sólo un par de décadas atrás, las cuentas públicas de nuestro país llegaron a tener déficit que hasta triplicaban esa cuantía y los habíamos superado, aunque siempre con los muy gravosos costos del prolongado subdesarrollo.

La evolución del gasto público argentino de los últimos 20 años se comportó de una manera muy diferente a las del conjunto de los países de Latinoamérica. Al finalizar la década de los años 90 toda la región se ubicaba en el entorno del 20% al 25% de sus PIB. 

Después de aquella muy favorable primera década del siglo XXI, todos líos países incrementaron su gasto público al rango del 25% al 30%. En el caso de nuestro país alcanzó a más del 40% del PIB. Pero, además de este diferencial de cuantía, es también la variación experimentada por su composición la que explica nuestro estancamiento económico. Al finalizar el pasado siglo XX, el 75% del gasto público argentino estaba destinado a la provisión de bienes y servicios y el 25% restante a las llamadas transferencias.

Actualmente, sólo algo menos del 50% del gasto público argentino lo constituye la producción de bienes y servicios públicos y más del 50% las transferencias (los salarios, las jubilaciones, las pensiones y los planes sociales). Si se entiende que los bienes y servicios públicos son complementarios de la producción privada, se puede inferir el porqué el stock productivo argentino ("la máquina" de producir los flujos anuales de PIB) crece sólo al insuficiente +1% anual, con una escasa inversión del 15% del PIB, cuando el actual promedio de los países que crecen en la región superan el 20%. Contundentemente, son la cuantía del gasto público, su muy baja eficiencia y su composición las que explican la crisis por insuficiente crecimiento económico.

Con la emisión monetaria desestimada por la escasa demanda de moneda doméstica; con los accesos a los créditos clausurados y la muy elevada presión fiscal actual, cercana al 40% del PIB, que impide la clásica opción del incremento de los impuestos como el mecanismo de equilibrio de las cuentas públicas; incluso con el riesgo de paralizar la actividad económica. Solo quedamos, cara a cara, una vez más, con el desafío de enfrentar la históricamente inflexible baja del gasto público. Resulta la única salida actual a la continuidad de la decadencia. Sólo el muy rápido traslado de ese 5% del PIB desde el gasto público al ahorro y la inversión posibilitará el inicio de una recuperación sostenible en el mediano plazo.

Como ocurrió, realmente y por al menos durante una década, tanto en España, como en Irlanda o Portugal, por citar los casos hoy más referidos, es imprescindible el acuerdo político general acerca de un rápido equilibrio fiscal mediante la disminución del gasto público; una reforma laboral donde los salarios tengan relación con la productividad; una reforma fiscal que quite los impuestos al ahorro, la inversión, el empleo, la producción y la exportación y una reforma de la previsión social que termine con las jubilaciones llamadas de privilegio y tenga en cuenta la relación de las personas laboralmente activas con las pasivas. 

Pero, en nuestro caso, la mediocridad de la decadencia gradual será una alternativa siempre válida.


Martes, 7 de mayo de 2019