Las elecciones revelan que los liderazgos tradicionales no van más
José Manuel Rodríguez
Ganador del concurso de ensayos de la Red Liberal de America Latina. Director de Desarrollo Institucional en Fundación Federalismo y Libertad


Desde el inicio de la Ilustración y su desenlace práctico en las numerosas revoluciones, desde la inglesa hasta la francesa, el entusiasmo por la democracia, la participación civil y la virtud de los nuevos liderazgos formaron parte de un ardid general en la sociedad. Se consideró que los caminos por los cuales el liberalismo político encausaba a la dimensión del poder conducirían a la sociedad a la prosperidad y la paz.

A pesar de que han sido muchos los enemigos que la democracia liberal ha conseguido, desde el comunismo bolchevique hasta el fascismo más acérrimo, la confianza en el sistema no se había encontrado tan deteriorada como lo está ahora.

La democracia liberal, como garante de la virtud del estado derecho, hoy es vista como una institución anticuada, conservadora y escasamente representativa.

Es evidente que todo sistema, con el pasar de los años, se desgasta y pierde progresivamente popularidad o respaldo, salvo aquellos sistemas que consoliden una formidable manera de dar respuesta a los nuevos paradigmas que la evolución del pensamiento social planteen en la agenda.

Lo que si no puede pasar desapercibido es la acumulación de debates a los cuales la democracia liberal difícilmente da respuesta, como el feminismo, la migración, la representación de las minorías, o el cambio climático.

A pesar de que muchos pueden considerar que la ausencia de respuestas, mas allá de la democracia, es por la falta de voluntad política de los liderazgos actuales, estos forman parte del sistema democrático per se. Así que algo en este sistema no anda del todo bien y realmente hace algún tiempo que no existen claras respuestas antes las nuevas demandas sociales.

Esto puede ser fácilmente palpable en la popularidad o de los actuales líderes donde prácticamente ninguno reúne una imagen mayoritariamente positiva.

Según el Monitor de Humor Social y Político de D'Alessio IROL / Berensztein, para julio de 2019, la mejor imagen política la maneja la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, con 50% de imagen positiva, seguida de Maurico Macri, Alberto Fernández, entre otros líderes y protagonistas de la actual campaña electoral que oscilan entre los 35 y 45% puntos.

Si tomamos en cuenta la imagen de los dirigentes, aquellas personas encargadas de asumir la rienda de los puestos representativos y ejecutivos del Estado, lejos de ser una imagen que represente al país, son un factor de rechazo en gran parte del mismo.

Esta situación es sumamente curiosa. En el pasado, podía haber discrepancias acerca del líder que ocupara la administración, pero de ahí a que el mismo tuviera una imagen ampliamente negativa, y todos sus pares compartieran dicha condición, existe una gran diferencia.

Cuando Raúl Alfonsín asumió la presidencia en 1983, el 40.16 % no le dio su voto, sin embargo es difícil imaginar que ese mismo porcentaje tuviera una imagen negativa de él. Podían llegar a considera que otro líder sería ideal para sentarse en el sillón de Rivadavia, pero de allí a tener una imagen que llevara a rechazar expresamente a Alfonsín, hay mucho tramo.

Hay que destacar que las dos décadas de populismo que recientemente atravesó América Latina también tiene una gran responsabilidad, al dividir, con fines evidentemente políticos, a la sociedad entre el pueblo y el no pueblo, generando una polarización que termina estableciendo la no aceptación de un liderazgo democrático, sino el fanatismo por un líder que supuestamente representa las demandas de determinado sector social sin importar la participación del resto.

Esto, acompañado de una crisis de liderazgo que realmente afecta a todo el mundo, empuja a la política a un clima de incertidumbre en este aspecto. La literatura moderna a pesar de conciliar la figura del outsider, no contempla una línea clara para definir las causas o describir las condiciones que están llevando a las sociedades a rechazar los liderazgos tradicionales y optar cada vez más por los lideres disruptivos.

Con tan solo recordar la conferencia de Teherán de 1943, y ver a Iósif Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill, podemos concluir los rasgos, habilidades y aptitudes que los líderes del mundo reflejaban a mitad del siglo pasado.

Posiblemente el contexto demandaba un liderazgo con cierta fortaleza y convicciones, pero dichas características se sostuvieron años después, mucho tiempo después de la paz.

Ahora al mirar el mismo cuadro, y conseguir a Vladimir Putin, Donald Trump y Boris Johnson, vale la pena preguntarnos, ¿Cuáles son las nuevas convicciones que la sociedad espera en sus líderes? ¿Existe algún rasgo claro para ser uno?

Y la que sin duda es la interrogante más importante, ¿es posible que los nuevos liderazgos sean fruto de una democracia liberal, o los nuevos liderazgos son una amenaza para ella?

Sera cuestión de tiempo para que los actuales y futuros análisis de la ciencia política sean puestos a prueba por su mejor verificador, la historia. Mientras tanto, quedara apostar por el mejor garante que tiene la libertad, la democracia.

Martes, 30 de julio de 2019
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