Argentina: Cambiemos y el populismo.
Alejandro Bongiovanni
Director de Políticas Públicas de Fundación Libertad


Uno puede evaluar al gobierno de Cambiemos desde varias perspectivas y puntuarlo como aprobado o aplazado según la opinión del evaluador. Aquí no pretendo hacer un análisis de si la gestión hasta aquí fue buena, regular o mala, sino pensar sobre la corrección o no de la etiqueta "populista" que algunos amigos dentro de la corriente liberal le asignan a la gestión de Macri. El pensar este tema se debe menos a que crea que la tarea de etiquetar sea fértil, como a que considero que el fenómeno "populismo" no es en absoluto baladí y acaso valga la pena analizarlo con algo más de salero.

Isaiah Berlin caracterizó al populismo como un "zapato de Cenicienta". En algún lugar, dijo, existe un pie que se ajusta perfectamente al concepto, pero en la generalidad de los casos encontraremos gobiernos que lo llenen de manera incompleta. El célebre pensador letón indicó seis pistas para saber si nos encontramos frente al fenómeno populista: 1) en el centro no encontramos al individuo, sino que éste ha sido desplazado por una centralidad holista (el pueblo, la nación, la raza), 2) el populismo considera a la política, necesariamente un ejercicio de intercambio y otredad, un fastidioso obstáculo entre el líder y la comunidad, 3) hay una deseo de regeneración basado en la voluntad de devolver al pueblo la soberanía que le fuera arrebatada por el Mal (el anti-pueblo), 4) hay una ambición de traer al presente una visión idílica e irreal del pasado o del futuro, 5) hay una vocación de dirigirse a la totalidad o la mayoría de la sociedad pero segregando a los no alineados como anti-pueblo, y 6) el populismo suele emerger en un momentum populista, cuando las sociedades se encuentran trastornadas por transformaciones económicas y sociales.

En El Populismo (Katz. 2014) Loris Zanatta retoma las pistas de Berlin y agrega otras. El populismo yergue la idea de un pueblo necesariamente virtuoso, portador del monopolio del Bien. "El pueblo chavista es digno, el peronista es feliz y bueno, el kirchnerista es heroico e idealista, el padano fuerte y viril, y el cubano impregnado de pura ética revolucionaria". El populismo es, además, una suerte de religión secular, "el vector donde mediante el cual el imaginario religioso tradicional se seculariza y trasplanta en el terreno moderno de la comunidad política". En este sentido, dice Zanatta, los regímenes populistas suelen tener su "verbo", su "profeta", sus cultos y liturgias: pero todo esto no en nombre de Dios sino del "pueblo". Esa particular "democracia delegativa" que analiza O´Donnel en Democracia, agencia y Estado (Prometeo, 2010) en la que el poder se ejerce de manera omnívoda y sin cortapisas por el poder ejecutivo, suele servir de formato en los populismos, al menos mientras utilizan la piel democrática.

En tanto reacción a la modernidad, el populismo tiene como principal enemigo a la democracia liberal, a la comunidad política heterogénea y abierta entre ciudadanos iguales ante la ley, cuya idea se contrapone a la comunidad "natural" del hombre subordinado al todo, bajo el principio de homogeneidad. Hay, entonces, en todo populismo una "pulsión incluyente", "una vocación autoritaria e integrista" que ve en el pluralismo, un obstáculo que desata lo que debería estar atado y diferencia lo que debería estar igualado.

El populismo no tolera grises, ni neutralidades, tampoco apatías. O se está dinámicamente del lado del Bien o se pertenece al lado del Mal. Los regímenes populistas por ende exigen amor y dispensan odios, y en toda independencia individual vislumbran una traición. El general rechazo por la intelectualidad, apunta Zanatta, parte de esta profunda desconfianza por los matices y el análisis desapasionado, aunque, claro, tampoco es infrecuente que intelectuales defiendan con tesón regímenes populistas, como advierte Juan José Sebreli en el texto inicial de El Malestar de la política (Sudamericana, 2012).

Acaso uno de los teóricos contemporáneos más importantes del populismo haya sido el filósofo argentino Ernesto Laclau quien en La razón populista (Fondo de Cultura Económica, 2005) describe la anatomía del populismo aplicando una perspectiva post-marxista y lacaniana. El líder populista construye a través del discurso (función performativa) al "sujeto pueblo", con quien lo une un "lazo libidinal". Frente a una pluralidad de demandas heterogéneas que surgen en oposición y como reclamo frente a un poder que las ignora, el líder populista construye la "identidad popular" mediante la articulación de estas demandas. La lógica populista sería contraria a la lógica administrativa, en la que cualquier demanda legítima puede ser satisfecha de manera no antagónica, a través de instituciones existentes. Para el populismo, en cambio la articulación debe ser en contra de "el otro", dado que para que exista el pueblo es necesario el antagonismo con el no-pueblo. Resuena en este punto el encono de crítica de Carl Schmitt contra el liberalismo porque este disuelve la lógica amigo-enemigo y cambia el concepto "enemigo" por un mero competidor en el mercado y un mero oponente en la discusión.

Por su parte, el escritor mexicano Enrique Krauze enumera en un artículo muy difundido, Decálogo del populismo, las características que considera propias del fenómeno. 1) El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial. 2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. Hay una neo-lengua constructivista 3) El populismo fabrica la verdad. Los regímenes populistas mienten, falsean datos y abominan de la libertad de expresión, que intentan regular 4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. El erario es su patrimonio privado, que utiliza para enriquecerse. 5) El populista reparte directamente la riqueza y lo hace de manera personalista. 6) El populista alienta el odio de clases. 7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. El populismo apela, organiza, enardece a las masas. 8) El populismo crea la idea del "enemigo exterior". 9) El populismo desprecia el orden legal. 10) El populismo mina, domina y, en último término, subyuga o cancela las instituciones de la democracia liberal.


¿Y Macri?


Este pequeño repaso de las características sobresalientes del populismo nos llevan a pensar en Chávez, Maduro, Néstor y Cristina Kirchner, Evo Morales, o a recordar a Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón. La pregunta es ¿Cambiemos es un caso más de populismo latinoamericano?

Mauricio Macri no parece ser el líder carismático que el populismo reclama. Uno casi se ve tentado a decir que es todo lo contrario y que no son el carisma ni la oratoria sus puntos fuertes. No es un presidente que enamore ni que logre enlazarse emocionalmente con las masas. Su espacio político no lo posiciona como un ser providencial, ni su figura se ha vuelto ubicua.

¿Quién sería el anti-pueblo del supuesto "populismo amarillo? ¿Quién sería el "otro" al que odiar que propusiera el oficialismo? No parece haber un grupo esencialmente "anti-pueblo", requisito del populismo. Por el contrario, pareciera que, incluso ingenuamente, Cambiemos supone que puede lograr convencer de su proyecto hasta a los grupos más reluctantes. Antes que ver enemigos en todas partes, el gobierno parece imaginar que todos son "potenciales amigos" en el largo plazo.

¿Ha habido un uso propagandístico del lenguaje, reformulándose conceptos claves? ¿Se ha tratado de resignificar la democracia, la división de poderes, o la justicia, para que tengan un significado oportunista? No parece ser el caso.

¿Es la coalición gobernante un espacio de movilización de masas, con grandes actos en los que el individuo se enardece y se pierde fuera de sí?

¿Se utiliza el gasto social con criterio de clientelismo (la imagen de "te doy la zapatilla izquierda antes de la elección y la derecha cuando me muestres que votaste por mí")? ¿O acaso no sobran voces que critica que, justamente, el Gobierno es demasiado dispendioso con grupos que reciben ayudas sociales y atentan contra la estabilidad del propio oficialismo?

¿Ha fomentado Macri la persistente idea de que Argentina es un país víctima de oscuros intereses internacionales o ha planteado, en cambio, que los problemas de los argentinos se deben a los argentinos mismos y que el mundo es una oportunidad antes que una amenaza?

¿Ha intentado el gobierno acallar medios de comunicación que le sean adversos o ha intentado erigir una red multimedio propia?

¿Hay en Cambiemos una vocación de eliminar las instituciones de la democracia liberal o de reformar la Constitución a medida, o es Cambiemos la reacción justamente a dicha pulsión autoritaria anterior?

Las respuestas a estas preguntas parecen indicar que el zapato del populismo no le cabe de modo muy completo a Cambiemos.

Hay un botón de muestra que a mí me parece significativo. El oficialismo pierde frecuentemente imagen e intención de voto gracias a su peor enemigo discursivo, que no es tanto Alberto o Cristina Fernández, como el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. Cada medición sobre inflación, pobreza o actividad, ha golpeado mucho al gobierno. Una gestión arquetípicamente populista no tendría muchos escrúpulos y eliminaría o morigeraría dicho obstáculo político, que nace del propio seno del Estado.

¿Y la economía?

Analizar si un gobierno llena o no el zapato populista dejando de lado todas las variables políticas mencionadas y sólo tomando las cuestiones económicas resultaría algo disparatado. Pero no tomar en cuenta las políticas económicas tampoco sería correcto.

El trabajo obligado sobre populismo y economía es La Macroeconomía del Populismo (1982) en el que Dornbusch y Edwards describen la fase del ciclo populista. En la FASE I los gobernantes que toman medidas populistas y disfrutan de la parte buena: "el crecimiento del producto, los salarios reales y el empleo son elevados, y las políticas macroeconómicas son un éxito. Los controles aseguran que la inflación no sea un problema y las importaciones alivian las escaseces. La reducción de los inventarios y la disponibilidad de importaciones (financiadas con disminución de las reservas o suspensión de los pagos externos) absorben la expansión de la demanda con escaso efecto en la inflación", dicen.

En la FASE II ya empieza a haber problemas: "la economía se topa con ciertos estrangulamientos, debido en parte a la fuerte expansión de la demanda de bienes nacionales y en parte a una carencia creciente de divisas. Mientras que la reducción de los inventarios fue un rasgo esencial de la primera fase, los bajos niveles de los inventarios y la formación de inventarios constituyen ahora una fuente de problemas. La realineación de los precios y la devaluación, el control de cambios, o la protección, se hacen necesarios. La inflación aumenta considerablemente pero los salarios se mantienen. El déficit presupuestario empeora enormemente a resultas de subsidios generalizados a los bienes de asalariados y las divisas".

En la FASE III la cosa se descontrola y "hay escaseces generalizadas, la aceleración extrema de la inflación y una obvia brecha cambiaria conducen a la fuga de capital y la desmonetización de la economía. El déficit presupuestario se deteriora drásticamente a causa de una declinación marcada en la recaudación de impuestos y de los crecientes costos de los subsidios".

Finalmente, llega la FASE IV en la que "la estabilización ortodoxa se impone en un nuevo gobierno. Se implantará un programa del FMI, y cuando se diga que se han hecho todos los ajustes, el salario real aparecerá significativamente por debajo del nivel inicial. Además, esa declinación será muy persistente, porque la política y la economía de la experiencia habrán deprimido la inversión y promovido la fuga de capital".

Argentina recurrentemente termina y empieza este ciclo populista. Hoy, el país estaría incipientemente en la FASE IV de un ciclo de macroeconomía populista que, al menos sabemos, no generó la gestión actual. Creo que pueden caberle muchísimas críticas al gobierno respecto a la economía y éste debe responsabilizarse del desencanto producto del gap entre las expectativas que livianamente generó y la amarga realidad que hoy se atraviesa. Ahora bien, desarmar -desesperantemente lento- un modelo de macroeconomía populista puro y duro (llamado "modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social") no implica lisa y llanamente llenar el zapato populista. Insisto, esto no obsta el criticar de manera contundente un flanco que merece críticas, pero para esto no es necesario usar conceptos de manera inexacta. Que el gobierno debería haber atacado el problema de manera más planificada, contundente y rápida es algo en lo que coinciden los economistas más serios. Pero la impericia o lentitud a la hora de abordar un problema no puede equivaler a haber creado el problema.

¿Entonces?

Volviendo a Zanatta, me gustaría cerrar con las perspectivas actuales. El autor dice que el populismo puede o no desembocar en un fenómeno totalitario, "si el equilibro inestable que lo relaciona con la democracia constitucional se vuelve favorable y, privado de frenos, derriba todos o gran parte de los obstáculos que limitan su vocación de encarnar al pueblo en su totalidad y en su homogeneidad". Depende al final del día de los límites que la ciudadanía le ponga a los proyectos del populismo.

Hoy acaso tengamos que elegir entre un modelo probadamente populista y uno a quien este mote no le sienta de manera precisa. No alcanza, me dirán con toda razón, con el hecho de que Cambiemos no llene el zapato populista. Es verdad. Pero si para el bienestar económico y social la ausencia de populismo no es una razón suficiente, acaso sí es una razón necesaria.

Miércoles, 7 de agosto de 2019
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