El calvario de una think tank liberal para sobrevivir en China


Los vecinos se habían quejado por los ruidos: con esa explicación, la policía entró a la sede del instituto económico Unirule (reglas universales, o Tianze) por última vez, el año pasado. Distintos personajes llevaban meses golpeando a la puerta del think-tank de China con esa y otras excusas: el propietario había hecho una denuncia por violación del contrato, la autoridad fiscal había ido a investigar evasión de impuestos, los inspectores municipales habían descubierto vagos incumplimientos del código de urbanismo de Beijing.

El director ejecutivo, el economista Sheng Hong, había instruido al personal para que fueran amables, no se resistieran a ninguna visita y prometieran que solucionarían el problema que fuera. Pero las autoridades terminaron por comprender la estrategia, y la última visita se hizo con el administrador de la propiedad y varios obreros cargados de rejas y maquinaria para soldarlas a la puerta.

Mao Yushi, un economista liberal en China

Meses después del episodio -en el que debió intervenir el servicio de emergencias, llamado por los ocupantes del instituto, ya que se intentó soldar las rejas con ellos encerrados-, Unirule, fundado un cuarto de siglo antes por el legendario economista Mao Yushi, apenas funciona acorralado por la censura. Su página web sólo registra como novedad de los últimos tiempos el artículo que publicó Bloomberg Businessweek sobre la persecución a los intelectuales promotores del libre mercado, la desregulación y la privatización en China.

A diferencia de Deng Xiaoping, quien creía que no importaba "si el gato es negro o blanco, siempre que cace ratones", la actual gestión del Partido Comunista no ve con buenos ojos el debate de ideas aun si no tienen la menor influencia en la organización económica del país. 

El presidente Xi Jinping ha reforzado el poder del partido y el papel del Estado en la economía, y su gobierno vigila a la sociedad civil que emergió antes de su llegada al poder.

La persecución de los disidentes "comenzaron poco antes de que asumiera, en 2012", reseñó la publicación. La experiencia de Unirule, agregó, "demuestra hasta qué punto es escaso el alcance que le queda a la investigación independiente". En China, "practicar la clase equivocada de macroeconomía puede ser un delito de pensamiento".

En la década de 1980 las ideas de la Escuela de Chicago llegaron hasta Beijing. Se recuerda todavía una visita del ultraliberal Milton Friedman, convocado para asesorar sobre cómo detener la inflación (consejo que no fue bien recibido). China permitió también que sus economistas estudiaran en universidades extranjeras, y entre ellos estaba Mao, hoy de 90 años.

Mao Yushi se formó de manera autodidacta leyendo trabajos de la Escuela de Chicago. Tras una vida de ingeniero en los ferrocarriles estatales, había comenzado una formación autodidacta en economía con Friedman y otros liberales. En 1984 ingresó como investigador a la Academia China de Ciencias Sociales (ACCS), donde conoció a Sheng, quien hacía su doctorado. Al año siguiente publicó su primer libro, La fundación matemática de la economía, que resultó un texto raro: recargado de fórmulas, liviano de citas marxistas. En 1985 viajó a Harvard como profesor invitado.

Aunque la ACCS era una institución de élite, no tenía recursos. En el paisaje exterior, sin embargo, China vivía un boom. Así en 1992, con 900.000 yuan aportados por un empresario, Mao y Sheng dejaron la academia para fundar una institución que pudiera seguir de cerca los cambios económicos en el país. La registraron como una fundación con fines de lucro, porque el mundo de las ONG era más susceptible a la intervención estatal.

Al comienzo Mao recorría Beijing en bicicleta para vender las primeras publicaciones de Unirule. Luego, a medida que aumentaron sus vínculos con académicos en el extranjero y se consolidó en China como una fuente de análisis económico, comenzaron a trabajar más cómodamente. Entre sus clientes, desde luego, se destacaban las empresas estatales chinas.

"Era una oportunidad realmente infrecuente de observar cómo una economía planificada se transformaba en una economía de mercado", dijo Sheng a Bloomberg. "Eso no se podía investigar en los Estados Unidos". Con una honestidad intelectual que no compartían todos sus colegas, comenzaron a defender abiertamente los cánones occidentales.

Mao Zedong fue calificado como "infantil" por Mao Yushi en uno de sus libros.

En 2011 Mao publicó el ensayo "Para devolverle la forma humana a Mao Zedong", en el que calificó al ex líder chino, cuya imagen decoraba el país entero, de "infantil" y dueño de una insuperable "capacidad de destrucción" de la economía. Y cuando al año siguiente el ultraliberal Instituto Cato lo premió, por primera vez encontró oposición vocal: le gritaron "traidor" y "sirviente de los estadounidenses ricos" durante la ceremonia de entrega.

Al regresar a Beijing, donde se preparaba el ascenso de Xi, comenzó una temporada de rechazos que condujo al cierre de la oficina de Unirule años más tarde. En 2015 denunció que sus publicaciones, como las de Sheng, en las redes sociales WeChat y Weibo (donde Mao tenía más de 2,6 millones de seguidores), desaparecían misteriosamente. Con débiles excusas, los lugares donde los invitaban a hablar cancelaban sus conferencias una y otra vez a último minuto.

  Mao recibió el premio Milton Friedman del Instituto Cato, entregado por Tom Palmer en Washington, en 2012.

"Muchas de las políticas de Xi se centraban de lleno en restablecer la centralidad del estado en general, y de las empresas propiedad del estado en particular, en la vida económica", explicó el artículo. En enero de 2017 se hizo evidente que Unirule estaba en una lista negra: "En cuestión de pocas horas, su sitio y sus cuentas en las redes sociales desaparecieron de la internet china".

En noviembre de 2018, cuando se disponía a viajar a Boston para hablar en un simposio de la Universidad de Harvard, Sheng descubrió que pesaba sobre él la prohibición de salir del país. "Por orden del Consejo de Estado", informó Bloomberg, "se lo consideraba una amenaza a la seguridad nacional".

Actualmente Unirule funciona sólo físicamente, en una oficina al norte de Beijing, con un equipo de 10 personas. 

"Hay mucha gente interesada en las ideas liberales, en particular los emprendedores privados y los profesionales de clase media", dijo Sheng a la publicación. "Si no fuera por la presión del gobierno, provocaríamos más interés. Xi quiere controlarlo todo, incluso aquello que realmente no se puede controlar", agregó. "Nuestra voz es suave, muy pacífica, y aun así no quiere escucharla".

Aunque publica ensayos y organiza seminarios y grupos de lectura que, discretamente, se ofrecen a la gente de negocios, Unirule requiere hoy de las donaciones "de un pequeño grupo de benefactores, ninguno de los cuales quiere revelar su apoyo", explicó Bloomberg. No quieren, como le sucede regularmente al personal del instituto, que los inviten "a tomar el té con policías o agentes de inteligencia".

Para Mao -cuyos trabajos, populares en los 90s y los 2000 ya no se leen en las universidades chinas- es como si Unirule no existiera: "En un momento lo describió como 'cancelado'", observó el artículo. Algo que, desde 2017, les sucedió a muchas ONGs que fueron forzadas a encontrar un apoyo financiero oficial o cerrar.

Jueves, 3 de octubre de 2019
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