Los reclamos en Chile son puro humo: cuál es el verdadero odio de la izquierda
Ezequiel Eiben
Abogado. CEO de Academia Eiben. Autor de "Manual del buen salvaje kirchnerista"

Detrás de las manifestaciones en Chile

Chile es un modelo de liberalismo exitoso en Latinoamérica. Más allá de sus fallas, escapadas de libreto y complicaciones como todo sistema bienintencionado pero perfectible, se transformó desde hace décadas en un faro económico para una región acostumbrada a lo opuesto: en vez de libertad, servidumbre; en vez de crecimiento, estancamiento; en vez de institucionalidad, arbitrariedad estatista.

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Por todo eso la izquierda detesta a Chile. 

No soporta que en una zona de la cual se siente ama y señora subyugando mediante regímenes populistas a la población, persiguiendo a sus exponentes más productivos y empobreciendo a quienes cuentan con menos recursos, se haya despertado un rebelde que a nivel de fundamentos no sigue al pie de la letra el itinerario del Foro de Sao Paulo.

Los episodios de violencia creciente registrados en Santiago vienen a concretizar el anhelo destructivo de la izquierda, tanto progresista como socialista y comunista. Destrucción de bienes y espacios públicos, saqueos a establecimientos comerciales privados, y variantes de vandalismo adaptado a los esquemas de los salvajes posmodernos, todo supuestamente por el aumento del pasaje del metro.

Una protesta que presenta sus fines como legítimos no puede pretender impunemente que se reciban con brazos abiertos sus medios a todas luces ilegítimos. Además, la falta de lógica y coherencia entre lo reclamado y lo actuado deja en evidencia que algo se esconde detrás de la autonombrada manifestación popular. Desmenucemos.

El inicio del uso de la fuerza para lograr objetivos, lo que en el caso de marras implica tanto daño a bienes materiales como a personas, debe estar moral y legalmente proscripto en una sociedad civilizada. Aquí hay manifestantes que han iniciado el uso de la fuerza dando rienda suelta a su irracionalidad, locura y emocionalismo decadente. 

No solamente tienen mecanismos civilizados para hacerse oír, adrede ignorados. Para los perpetradores, la violencia ni siquiera constituye la última instancia de demandas sociales desatendidas: la santifican como método combativo para obtener lo que quieren sin molestarse en respetar las bases constitucionales del orden.

A su vez, las incoherencias y contradicciones de los reclamantes se practican a plena luz del día. Si se pide un boleto más barato, ¿qué sentido tiene destruir los medios de transporte y sus estaciones? 

Si se quiere pagar menos, ¿por qué se rompen cosas que se tendrán que pagar nuevamente vía impuestos? Si el pedido es de gente supuestamente buena, ¿por qué como complemento se dedican a robar a propietarios y a agredir inocentes, sean periodistas cubriendo los sucesos, o personal de salud en una ambulancia que atiende heridos?

La explicación es que el boleto del metro es una excusa para desatar la movida violenta que se ha venido preparando por los líderes izquierdistas de la región y que previamente ha provocado disturbios y desestabilizaciones en otros lares. 

El llamado "grupo de Puebla", fundado en julio de 2019 y compuesto por dirigentes de izquierda creadores e hijos del Foro de Sao Paulo que buscan imponer los refritos de sistemas demostradamente asesinos, corruptos, censuradores, perseguidores y saqueadores, provee suministro intelectual y amparo político para desestabilizar a países y gobiernos que no se rinden ante sus atropellos. No hay coincidencia ni espontaneidad en las movilizaciones observadas en Ecuador y Chile, ni en las que se están planificando en Argentina de llegar a ganar el kirchnerismo. Los rostros de Puebla asisten a los golpistas que quieren voltear gobiernos tildados de derecha o no suficientemente sumisos a los dictados progresistas, y se niegan a condenar en bloque inequívoco a las dictaduras comunistas de Venezuela y Cuba.

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Como se ve, ante una alianza internacional de tiranos izquierdistas, el presidente de Chile Sebastián Piñera tiene un enorme desafío por delante: recuperar el orden social y mantener su gobierno. Tras una primera reacción débil asegurando que iba a escuchar a "la gente", luego supo identificar un "enemigo". El presidente debe saber que frente a unos cuantos cientos o miles de violentos, hay millones que no lo son; que la manada de salvajes izquierdistas no representa a la totalidad del "pueblo" que siempre invoca y pocas veces consulta, ya que la mayoría de ese pueblo decidió democráticamente elegirlo nuevamente a él para ocupar el más alto cargo ejecutivo del país. 

Ningún sofisma discursivo del colectivismo debe ser habilitado para desdibujar la realidad y transformarla en relato a beneficio de un poder ilegítimo y agitador.

No hay que dejarlo solo al presidente trasandino. Si los salvajes izquierdistas que solo saben destruir están unidos, los civilizados también deben cerrar filas para no dejar pasar a la barbarie. Es momento de reprimir revoltosos y enseñar respeto por los derechos. Líderes políticos, intelectuales, miembros de la sociedad civil, cada uno desde su posición y en la medida de sus posibilidades puede aportar para que el nubarrón oscuro que nuevamente tapa los cielos de Latinoamérica sea soplado bien lejos hasta perderse de vista.

Martes, 22 de octubre de 2019
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