Psicología liberal: el primer acto de libertad es la desobediencia
Por: Lic. Cynthia Molinari
Psicóloga


Psicología de la Libertad: la causa liberal.


El primer acto de libertad es la desobediencia.

La decisión de no obedecer es una acción de la propia voluntad, y el primer acto que abre la llave de paso al desarrollo de la razón humana. La desobediencia ocurrirá por diversas razones y en cualquier área a la que la persona esté ligada: a la autoridad, a una idea, a una doctrina o ideología, a un régimen o a las políticas, a una comunidad, una religión o iglesia.

Pero no basta con liberarnos de ciertos vínculos; es necesario liberarnos para desarrollar una capacidad crítica propia, que permita reconocernos a nosotros mismos y a los demás sin obligación de pertenecer a un clan, a una comunidad social, ideológica o religiosa.

La libertad es un don ambiguo y para ganarla es necesario desprenderse y renunciar a otras cuestiones que importan y amarran. 

Con la libertad, el ser humano deja el lugar pasivo y se convierte en un ser activo. 

Al desprenderse del resto y obrar por su cuenta, sabe también que está solo para enfrentar sus temores, desafíos y nuevos peligros. A diferencia de los animales, que responden a las leyes de la naturaleza, el individuo libre crea, inventa, crece, evoluciona y se relaciona con los demás de un modo más ético y responsable en pos de objetivos comunes.

Las primeras conquistas

Cuando el impulso vital hacia la libertad comienza a germinar en los niños y adolescentes, los padres y las personas a su cargo serán las primeras autoridades a las que desafiarán. La historia de la Psicología está plagada de casos vinculados a tales comportamientos, así como la Historia de la Humanidad nos muestra, de forma permanente, que la libertad es un bien irrenunciable por el que dieron la vida un sinnúmero de mujeres y hombres de todas las latitudes y en todos los tiempos. También en la actualidad existen pensadores, escritores, artistas, líderes e intelectuales que dedican su vida y su obra a defender, alentar y consolidar las ideas de la libertad, aún bajo los regímenes que la desprecian.

El proceso de individuación ocurre en edades tempranas de la vida, y sus efectos varían de un individuo a otro así como de una sociedad a otra. De hecho la libertad, por estar ligada a factores precedentes y psicológicos, tiene para cada quien un sentido y un significado propio, pero también adopta rasgos característicos del entorno y de la cultura donde se desarrollan las personas. El salto hacia la libertad, el que rompe las cadenas, el que nos humaniza, el que nos distingue del resto de la naturaleza, requiere de todos el mismo coraje, pero no nos lleva a todos al mismo terreno.

Nunca las personas provienen del mismo sitio ni se dirigen a un mismo rumbo, pero habitan en todas ellas, un modo particular de pensar y de obrar, dos elementos sustanciales e indivisibles de la libertad.

De allí nacen las afinidades y las diferencias, las aceptaciones, los rechazos, las creencias y las ideas que, cuando son comunes, encuentran su espacio en los clubes, en partidos políticos, comunidades o grupos donde es posible enlazar lo individual con lo social. Estos grupos e instituciones representan lugares de referencia (a valores, principios e ideales) tanto como de pertenencia (social, de contención y de amparo).

Es por ello que, tomando la diversidad de pensamientos como el cimiento de las sociedades libres, la doctrina liberal funda las bases éticas que promueven la convivencia en un mundo plural, y desalienta los fanatismos que conducen siempre al enfrentamiento y a la violencia. 

El liberalismo se opone enérgicamente a los regímenes autoritarios ya que pretenden uniformar la mente humana, aniquilando la singularidad, los anhelos y las facultades individuales.

Las grandes conquistas liberales

Las ideas de la libertad generaron verdaderos movimientos revolucionarios que han triunfado al derrocar regímenes arcaicos en todo el mundo, especialmente en Europa, América Latina y América del Norte. Desde los aportes intelectuales de John Locke, que coloca a la razón como causa y a la libertad como objetivo, el liberalismo viene marcando, sin pausa, el ritmo del desarrollo de la historia humana.

El surgimiento de Estados Unidos como una nación libre y soberana es el resultado más patente del intelecto, la sensibilidad, el juicio y la razón de los liberales que a fines del siglo XVIII contribuyeron a disolver los nexos políticos que los unían a Gran Bretaña. Once años después de aquél gran salto hacia la libertad, muchos de aquellos fundadores volvieron a reunirse para diseñar los principios éticos, jurídicos y morales para una sociedad libre, y éstos quedaron establecidos en la Constitución Nacional de Norte América, que desde 1786 encamina el rumbo, la vida, los derechos y obligaciones de una de las naciones más prósperas y estables del mundo.

Allí se erigieron como inalienables el derecho a la Vida, la libertad y la búsqueda de la Felicidad tal como cada quien la considere mejor y la obtenga por sus propios medios; que para asegurarse esos derechos se instituyen límites a los gobiernos, basado en el principio que todos somos creados por igual, por lo que nadie tiene derechos superiores a los de los demás. Los fundamentos contenidos allí, por su indiscutible valor de verdad, fueron posteriormente incorporados a la Constituciones de otros países de América Latina.

El grado de civilización al que hemos llegado hasta hoy, no garantiza el dominio de la razón, ni que el juicio soporte sin vacilaciones los continuos embates de la posmodernidad. La civilización es un avance indiscutible, pero no hemos llegado aún a la cima de la cultura. Tampoco logramos desterrar lo más primitivo que habita en nuestro Yo, ni podemos afirmar todavía que la civilización haya arrasado a la barbarie.

Confiar que la tecnología o la ciencia lo harán por nosotros, es por lo menos ingenuo o peor aún, es peligroso. Cada vez que cedemos un derecho o eludimos una responsabilidad, estamos entregando parcelas de libertad, como si no supiésemos que el costo de éstas se paga siempre y más caro que la "libra de carne" que El mercader de Venecia estaba dispuesto cobrarle a un deudor.

Ceder derechos, elegir que otros decidan por uno ¿es una conducta posible? ¿Existe el albedrío esclavo?

Si, existen las decisiones letales, que psicológicamente tienen fundamento en la repetición a futuro de modelos patológicos de autoridad fijados en el psiquismo. Estilos (por lo general psicópatas y perversos) que se ven repetidos en líderes políticos o religiosos que ejercen un magnetismo superior en personas con baja autoestima y poca o escasa capacidad crítica.

El libre albedrío ha sido criticado por pensadores como Marx, por considerarlo una ideología individualista. 

Marx fue alguien incapaz de ganarse el dinero trabajando y que luego de malgastar la herencia de su mujer, pasó su vida subsidiado por un amigo con el que se enojaba si el auxilio económico no llegaba a tiempo. Las víctimas de su egoísmo e improvisación y su renuencia a trabajar fue su familia que no eligió vivir una pobreza vergonzante. Más triste aún fue que dos hijas muy jóvenes se quitaran la vida; una con una sobredosis de opio y la segunda en un pacto suicida.

Las ideas de la libertad proponen otro rumbo, opuesto a las mentes encorsetadas en el miedo o en la estrechez del cepo ideológico. La doctrina liberal promueve la fuerza del pensamiento libre, la solidaridad, la responsabilidad social y el buen trato entre las personas, la mutua contribución de nuevas ideas y proyectos y el deseo de vivir de las sociedades que crecen, lejos de los líderes que pretenden apagar la antorcha de la libertad, para someter a las naciones a un estado de coma y condenar a los pueblos a vivir una vida insignificante, una estrecha vida, una vida igual de opaca que otra vida, una única vida, una vida programada y sin color, una vida obediente, una vida condicionada, una vida controlada, una vida monitoreada, una vida vigilada y vacía, una pobre vida.

Una vida vegetativa.



Lunes, 4 de noviembre de 2019