¿Qué traje usará el presidente Alberto Fernández?
Angeles López
Editora Visión Liberal


El traje de presidente aprieta. Los puños, el cuello, el nudo de la corbata, los botones cerrados le recuerdan al flamante presidente de la Nación que tendrá que conservar las formas y soportar la asfixia para ejercer su rol. El traje de presidente no permite demostrar destrezas en el baile ni hacer pasitos de cumbia triunfalista. Más bien es un símbolo textil de que la recesión, el desempleo y la pobreza están apretando con igual tozudez a todos los argentinos.

A partir de las 12 del mediodía Alberto Fernández deberá comenzar a demostrar que tiene el mando en una Argentina golpeada por una crisis económica con precedentes, porque si de algo sabe este país es de crisis económicas. Será el presidente número 43 de los 53 que tuvo el país en estos dos últimos siglos. 

¿Será capaz de cortar los hilos viejos de las formas y el fondo que no funcionaron y que dañaron la médula de la democracia? ¿Abandonará las cadenas nacionales, los lastres populistas, los D'Elías, los Milagros Sala, los Lázaro, la corrupción profunda de un sistema que ya se comprobó maligno? ¿Se animará a reflejar las enseñanzas que dejó Alberdi y a no repetir tanto las frases hechas de los populistas como Perón?. 

Sería una buena noticia que Alberto Fernández estrenara ese traje. ¡Tan pocos tuvieron el coraje y la dignidad de animarse a usarlo!

A propósito: tiene tela para cortar, pero no puede ser la misma que ya está hecha jirones a fuerza de recetas populistas, prebendarias y corruptas.

Más de la mitad de los sesenta años de vida del flamante presidente estuvo consagrado a la política. Egresó como abogado de la UBA en 1983 y fue funcionario de los gobiernos de Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde. Luego fue legislador por el partido de Domingo Cavallo y finalmente uno de los fundadores del grupo Calafate, génesis del kirchnerismo.

Fue un inseparable de Néstor Kirchner y mantuvo el cargo de jefe de gabinete en la presidencia de Cristina hasta que el conflicto con el campo por las retenciones móviles lo alejó del poder y del kirchnerismo.

El 18 de mayo de 2019 recibió de la propia Cristina una propuesta que cambiaría el rumbo de su vida para siempre. Fernández, que soñaba con ser embajador en España cuando el macrismo fuera derrotado en las urnas supo que le habían diseñado un traje más ajustado pero más apetecible: ser candidato a presidente de la Nación.

Justamente de la mano de quien fuera una rival de talla recibió la propuesta que lo dejó tan boquiabierto como a los millones de argentinos que la recibieron via video en las redes sociales: Alberto Fernández sería el candidato elegido para derrotar en las urnas a Mauricio Macri y a quien quisiera sucederlo en el cargo.

Recalculando.

El GPS de una Argentina desbrujulada comenzó a marcar un nuevo camino. El cimbronazo que generó la noticia fue más fuerte que las críticas por ese acercamiento político de dos rivales enemistados en lo personal. Durante casi una década Cristina y Fernández fueron blancos de críticas mutuas, descargas de odio político y centro de misilazos retóricos. 

Pero de golpe, todo quedó reducido a fuegos de artificio. Los peronistas, rápidos de reflejos, se reunificaron instantáneamente y a partir de ahí, la carrera fue imparable.

Hoy está el traje listo. Apretado pero firme: está tejido con el 48% de los votos pero con todo un país mirando cada paso que de de ahora en más y con hilos zurcidos por una vicepresidente (Cristina) que tendrá voz, voto e influencia en cada decisión de gobierno que Fernández (el otro, Alberto) tome.

Antes de aflojar el nudo de la corbata, el presidente deberá empezar a resolver algo de una recesión que ya lleva más de un año y medio y decidir qué pasos seguir con una deuda que lleva a la Argentina al borde del precipicio del default.

Y antes de que se arrugue la camisa tendrá que ver si sigue con el cepo de 200 dólares per capita y el 12% de desempleo y una presión impositiva que asfixia a los que tienen que dar oxígeno a todo un país.

El traje del presidente no es como el del emperador de la fábula. Es apretado de verdad. Casi no deja circular la sangre. Por eso no hay muchas ganas de bailar, ya los saltos los dio el dólar, que subió un 541% en cuatro años. Poco ánimo de fiestas con una inflación anual del 55% y con casi la mitad de los argentinos pobres.

El traje del presidente transpira con el 12% de desempleo. 

El alivio que deja el gobierno saliente está en las reservas brutas (43784 millones de dólares), un déficit fiscal primario reducido de 0,4% del Producto Bruto; tarifas corregidas hasta cerca de su nivel pleno; y un tipo de cambio real competitivo, similar al de 2007.

El presidente de la Argentina no usa capa, usa traje. No es un mago que transforma ni un héroe que salva. 

Alberto Fernández debe dar señales que aumenten la confianza y permitan iniciar un camino de construcción política y social, con respeto a las instituciones y apegado a la ley. 

Debe gobernar. Y para eso, lo único que cabe es un entallado, prolijo y sobrio traje.



Martes, 10 de diciembre de 2019