El horizonte de la ansiada reactivación

Por Alberto Medina Méndez

 Las incógnitas se van despejando y las expectativas afloran.

El país gira en torno a la política de una manera apasionada pero también desesperada. La economía manda y la paciencia se convierte entonces en el principal protagonista. 

La bisagra del año nuevo, ese momento particular en el que para algunos se cierra una etapa cronológica y se abre otra diferente, trae consigo sensaciones especiales. Con el panorama político relativamente aclarado, un mandato presidencial naciente y una perspectiva institucional allanada, buena parte de las inquietudes se definen ahora en el ámbito económico.

Las miradas sobre las medidas anunciadas son contrapuestas. Los mas optimistas creen que el camino elegido es el adecuado y que están dadas las condiciones para la recuperación. Otros piensan que no se están atacando las cuestiones de fondo. Sostienen que estos burdos parches no aportarán progreso y complicarán mucho mas el ya difícil escenario vigente. 

Sería muy temerario afirmar que existe consenso sobre el rumbo y que los operadores del sistema se han puesto en marcha, sobre todo si se tiene en cuenta, que se esperan aún otras instrumentaciones adicionales. 

El oficialismo utiliza los argumentos más trillados, esos que los que recién asumen usan en idénticas circunstancias, sin importar su color partidario. Piden tiempo para tomar el timón, apelan a la recurrente herencia e invitan a no esperar magia en pocos meses. Las clásicas humoradas no faltan a la cita y completan un paisaje bastante tradicional que no reconoce matices si se las compara con situaciones similares en el pasado. 

El punto clave pasa por las expectativas generales de la gente sobre la reactivación y es allí donde la realidad mata a cualquier relato y toda la retórica desplegada se convierte, inexorablemente, en mera verborragia. 

Si la economía se enciende, como sueñan los gurúes del flamante gobierno, habrá cierta tolerancia con muchos asuntos que molestan, pero que, de ninguna manera, son el foco principal. Si eso no sucede, habrá que prepararse para potentes turbulencias. Omitir reformas nunca es gratis y dejar para después a las reales causas no es una estrategia inteligente. 

Se puede entender, aun sin acordar, que la gravedad de una instancia lleve a seleccionar criterios heterodoxos, pero si no se atienden las razones de fondo, se está recurriendo a atajos de corto plazo insuficientes e ineficaces. 

A estas alturas el ciudadano promedio necesita algo de alivio, aunque mas no sea pasajero, pero debe ser consciente que una pausa no resuelve nada si se deja latente el problema que espera soluciones mas concretas. 

La redistribución no generará una reactivación genuina. Ese tipo de políticas económicas alteran parámetros esenciales, distorsionan todos los incentivos y culminan con crisis que luego nadie quiere explicar con honestidad. 

Los análisis incompletos que amplifican el virtuoso circuito en el que los que menos tienen consumen a mansalva gracias a las indignantes dádivas que el poder supremo les provee, ocultan todo el resto. 

Se puede entender que casi todos desconozcan los mecanismos de la economía, del mismo modo que la mayoría no comprende de paleontología o química. Lo que no tiene perdón, es que quienes conocen a fondo la dinámica de las relaciones económicas omitan deliberadamente información. 

Claro que cuando los consumidores disponen de mas aumentan el consumo, pero cuando este proceso no es genuino, cuando ese excedente que llegó a muchos no fue generado como creación de nueva riqueza el efecto no solo puede ser neutro, sino que puede culminar en un indeseable retroceso. 

Hablar de economía en términos nominales y no relativos, cuando la inflación muestra índices tan preocupantes, es al menos incurrir en una mentira bastante poco piadosa, porque lo repartido se diluye entre los dedos de las manos a una velocidad significativa, perdiendo impacto. 

Lo que nadie quiere decir desde el gobierno es que esos montos tan "generosamente" distribuidos, se detraen previamente de otras personas vía impuestos, y esas cantidades que ahora parecen fomentar ciertas actividades, han deteriorado otras idénticas. 

Los que pagan esta redistribución, al erogar mas impuestos, dejan de gastar en algo. Los "eruditos" del progresismo querrán convencer a la sociedad de que disminuirán la renta de los que mas tienen y por lo tanto atacan los lujos de los ricos y no las necesidades de los mas pobres. 

Mas allá de la sensiblería del patético discurso, eso no es cierto. Los de mayores posibilidades tienen otras variantes y no son las mayores víctimas de este desmadre. Los que pierden su nivel de vida son los sectores medios que consumen tanto o mas que el resto y que dinamizan la economía. 

Si ellos pagan mas impuestos, consumirán menos, y lo que es mas grave aún para toda la sociedad, dejarán de invertir en los circuitos formales, huirán hacia la marginalidad y ese daño es irreparable para una sociedad que se priva de recursos existentes por la voracidad de los que gobiernan, la impericia de sus intelectuales y políticos, y la ingenuidad cívica de una comunidad que se deja engañar todo el tiempo con las mismas falacias.

Lunes, 30 de diciembre de 2019