¿Los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres?


Por Castor López (*)

Es muy frecuente ver, escuchar y/o leer la terminante aseveración que cuando una sociedad crece en términos económicos inevitablemente también se expande la diferencia entre sus sectores de altos y de bajos ingresos. Para decirlo sin ningún pseudo eufemismo: que cuando crecemos crece también la brecha relativa entre los llamados "ricos" y los denominados "pobres" de la sociedad. De lo cual existe una suficiente evidencia empírica que lo confirma, en términos generales.

A partir de ese dato de la realidad se infiere que, después de un ciclo de crecimiento económico, "los ricos son cada vez más ricos", lo cual es verdadero pero, automática y simétricamente, también se deduce, equivocadamente, que en el otro extremo de la sociedad "los pobres resultan cada vez más pobres". La misma evidencia empírica que señala que lo primero es verdadero, indica también que lo segundo es falso, en términos absolutos.

Durante los procesos de crecimiento económico sostenibles en el largo plazo, crecen los ingresos reales de todo el espectro social de la sociedad. La "campana de Gauss" (por la forma que generalmente toma la función que formalizó el investigador alemán Carl Friedrich Gauss) de la distribución de los ingresos, se desplaza en su conjunto hacia adelante y se achata, ampliando su base; pero los pobres siempre resultan "menos pobres" que antes, aunque los ricos sean "más ricos" que antes y que la distancia relativa entre los ricos y los pobres se expanda.

Con el crecimiento económico, crece el ingreso real promedio, pero también crece necesariamente la dispersión. Las sociedades anidan verificadas preferencias ancestrales de obtener una mayoritaria satisfacción general cuando la dispersión relativa entre los ricos y los pobres es menor, incluso aunque para ello sus ingresos personales deban resultar necesariamente menores. Esto lo prueban las numerosas investigaciones efectuadas, pero demostrando también estas que el origen de esos sentimientos humanos no siempre han sido, única y necesariamente, los de la solidaridad.

Las sociedades que progresan, luego de los imprescindibles ciclos de creación de valor económico, optan por los periodos de políticas públicas de redistribución de la renta económica ya obtenida, a sabiendas de la necesidad de moderar la eficiencia en pos de una mayor equidad; disminuyendo así la brecha entre los ricos y los pobres mediante transferencias (impuestos y subsidios), pero siempre consistentes con la preservación de los incentivos a progresar.

De la generalizada creencia inicial equivocada, que los pobres resultan más pobres después de los ciclos de crecimiento económico, se podría generar la muy desatinada inferencia que, entonces, el crecimiento económico podría resultar no tan deseable e incluso, por ende, no tan necesario. Ello seria lo que nos ha conducido a un continuo sesgo a colocar el foco principal de nuestra atención y de nuestros esfuerzos en la "redistribución de los ingresos" e, inevitablemente, a descuidar y en un grado de alta irresponsabilidad, a la imprescindible "creación de valor económico".

Se trata del referido crucial y estratégico balance entre la eficiencia y la equidad, que los países que crecen administran con una muy especial prudencia. Los procesos de crecimiento económico (aquellos que resultan sostenibles en el largo plazo, que generalmente se verifican en las democracias desarrolladas y de elevada calidad institucional relativa, no así en las sociedades incluso democráticas, pero corporativas y rentistas) son imprescindibles y mejoran los ingresos de todos los sectores de una sociedad.

Probablemente los sectores de mayores ingresos siempre cuenten con las condiciones relativas para aprovechar mejor a los ciclos positivos y crecer más. Serian los que "largan adelante". Pero, el grave error consiste en suponer que siempre los que "largan desde atrás" irán necesariamente para más atrás o que no tienen chances de progresar. Sería como suponer que los países subdesarrollados no pueden aprovechar los periodos favorables y crecer a más velocidad que los ya desarrollados. Supuesto que es refutado por la positiva evolución observada recientemente por las naciones emergentes, más aún en los contextos como los actuales, de continuas innovaciones tecnológicas y cada vez más accesibles.

Nuestro actual estancamiento económico (no crecemos, en términos netos acumulados, desde hace alrededor de una década) debe convocarnos a la reflexión de la cada vez más urgente necesidad de prestar una mayor atención a la eficiencia económica. Porque la prolongada y continúa decadencia en la que estamos inmersos nos obliga a vivir en un permanente "modo de sobre vivencia". Lo cual, a su vez, genera mayores y continuas demandas sociales que nos llevaron a un gasto público que ya resulta de más del 40% del PIB.

Además de esta desmesurada cuantía, en términos relativos a nuestra propia región de Latinoamérica, nuestro también continuo y casi único afán de equidad hace que ya, al menos 3/4 partes de ese gasto público sean meras transferencias entre sectores internos. Consumir la mayoría del gasto público solo en aplicar impuestos a unos para otorgar subsidios a otros. Y practicar ello, además, en el marco de una aún muy escasa calidad institucional y elevada inflación, deja a nuestro idealizado estado sin un margen suficiente para el genuino rol de la reactivación de la economía, vía las inversiones públicas en salud, educación, energía, transporte y comunicaciones.

Simultáneamente, la correlativa alta presión fiscal sobre el sector privado, necesaria para el equilibrio de las desorbitadas cuentas públicas, tampoco deja el suficiente margen necesario para que opere la posibilidad de la reactivación económica vía las inversiones privadas y el comercio exterior. Así, todos los incentivos a ahorrar, a invertir, a producir y a generar empleos formales se destruyen consistentemente con la gradual decadencia, que re alimenta una creciente puja distributiva por una renta económica cada vez menor.

Solo la muy rápida generación de la creencia, que necesita ser compartida mayoritariamente por la sociedad argentina, en una urgente y mayor eficiencia económica global, tanto pública como privada, es la que nos puede abrir una ventana de esperanza y confianza de escapar de la trampa de escaso crecimiento en la que estamos y que muchos no la ven.


(*) presidente de la Fundacion Pensar a Santiago. 

Martes, 31 de diciembre de 2019