Pedro Sánchez da inicio a su presidencia y a una nueva España
Benjamin von der Becke
Especial para Visión Liberal, desde España

Con el anuncio de cuál sería finalmente su gabinete de coalición y tras la jura de sus 4 vicepresidentes y 18 ministros ante el rey, comienza la andadura del gobierno de Pedro Sánchez. Ya en sus primeros pasos los interrogantes y polémicas no han faltado. Algunos de estos nombramientos -como la de la fiscal general del Estado- levantan una ola de indignadas voces impugnatorias. Será el signo permanente de los tiempos que se han impuesto en esta España nueva, donde mucha de la moderación conocida desde los pactos de la Moncloa brillará por su ausencia. El flamante ejecutivo supone una ruptura muy profunda del anterior orden democrático y conviene tomar nota de lo que puede advenir.

Primer dato: se acabó el bipartidismo. La novedad que presenta este gobierno de "coalición" entre el PSOE de Pedro Sánchez y Unidas Podemos de Pablo Iglesias -antiguos rivales acérrimos hermanados por la necesidad de desbancar las fuerzas de derecha y gobernar con una mayoría frágil pero suficiente- es la conformación de un frente progresista que articula por primera vez en muy diferentes visiones políticas, que van desde el socialismo al populismo de izquierda, pasando por los ex comunistas (UP) y los nacionalismos separatistas vascos y catalanes.

Anteriormente, los gobiernos de Felipe González, de Aznar, de Zapatero y de Rajoy se fueron alternando con complicidad pragmática y sentido de Estado, de modo que cuando la izquierda (PSOE) gobernaba, la derecha (PP) se abstenía de obstaculizar y viceversa. Cada quien cuidaba su quinta ideológica pero la alternancia en el poder entre rojos y azules se daba con buenos modales, siguiendo los humores de una población sufragante cada vez más madura en lo que se refiere al aprovechamiento de todo lo bueno que ofrece el juego democrático. Game over. Con la llegada de Podemos, colocándose con fuerza a la izquierda del PSOE y de los ultras de Vox a la derecha del PP, la Arcadia democrática comenzó a desmoronarse. Los nuevos tiempos plurales trajeron también a España el nacional populismo que tanto campea en otros países y que aquí puede hacer volar por los aires ahora aquel régimen de pactos moderados que funcionaba desde 1977. La polarización se ha hecho evidente y las posturas de centro parecen haber desaparecido.

El intento de C's de fungir mayorías creando un centro liberal que pivotease tanto a derecha como izquierda, imitando el ejemplo de sus pares ideológicos de Europa, no supo cuajar con éxito en España. Como hemos señalado varías veces desde esta columna los liberales ibéricos han optado, equivocadamente (a vista de sus resultados), por integrar un virtual bloque de derecha dejando huérfano ese espacio que ahora si alguien lo ocupa es el propio Pedro Sánchez. El líder del PSOE y actual presidente de la nación española sabe esgrimir un progresismo socialdemócrata que a sus nuevos socios de gobierno les parece "demasiado moderado".

En las últimas elecciones Ciudadanos, el espacio liberal fundado en Cataluña por Albert Rivera y actualmente conducido por Inés Arrimadas, redujo su presencia en el parlamento a tres cuartas partes de lo que supo ser. Y el PP, desdibujado como está, parece ahora mismo más preocupado en intentar robarle las oriflamas a los extremistas de Vox que en recuperar aquel electorado de centro.

  Es en este mar revuelto de fidelidades ideológicas rotas que la estrategia urdida por el líder del PSOE ha resultado exitosa. Audaz volantinero, Sanchez sabe, sin embargo, que caminará sobre un campo sembrado de minas.  


Uno de aquellos ejes fundadores de los acuerdos de la Moncloa, que dio sólida vida democrática a la España post franquista, fue la idea de Nación pactada generosamente por todas las fuerzas políticas de entonces, incluyendo tanto al partido comunista de Santiago Carrillo como a la derecha más conservadora de Manuel Fraga. El cariz de aquellos acuerdos aglutinantes que admiraron por su sabiduría a no pocas otras democracias siempre tambaleantes, como algunas de Latinoamérica, es lo que parece haberse quebrantado ahora. No los pactos para poder gobernar, sino las bases sobre los que aquellos se asientan. En sus apoyos a Sánchez los independentistas vascos y catalanes se apuraron a aclarar que lo hacen porque ven en este gobierno la manera de avanzar de manera más conducente hacia sus objetivos de máxima: la separación de España. Por otra parte, en este nuevo "orden democrático" que se cifra en el gobierno del PSOE y Unidas Podemos, la mitad de las voluntades de los españoles no está presente. Todo el arco ideológico que va del centro hasta la derecha extrema queda excluido, o auto excluido. Se trata de un cambio revulsivo que asusta a muchos y que sin duda abre perspectivas inquietantes. Sánchez lo ha dicho de un modo elíptico antes de ser investido con la exigua diferencia de dos votos a favor: la derecha tendrá que aceptar que se acabó el tiempo de pensar que las instituciones de España son solo de ella. Se refunda una España progresista. En palabras más castizas, para la derecha ajo y agua.

La constelación de partidos que ha ungido a Pedro Sánchez como Jefe de Gobierno traslada a su ejecutivo aquella fragmentación del voto que comenzó a verse en el Parlamento desde 2015.

El problema es que la mayoría simple alcanzada por Pedro Sánchez para esta Legislatura es la más estrecha y frágil desde aquellos míticos pactos de la Moncloa. Sus eventuales socios de gobierno, lejos de asegurar la estabilidad política, agregan voces más altas a los reclamos territoriales, como es el caso de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) y el Partido Nacionalista Vasco (PNV) sin los cuales Sánchez no hubiese podido ser investido y tampoco sin sus votos podrá aprobar en breve la vital ley de Presupuesto. El dilema que encara este gobierno por tanto no es muy alentador: o se consolida el invento al paso de un ejecutivo equilibrista que logra sagazmente hacer realidad sus propósitos que tanto asustan y azuzan a toda la otra mitad de España, o se desbaratará impotente apenas tengan que pasar a las realidades conducentes, perdiéndose en gestualidades efímeras y en negociaciones infructuosas entre "socios", que a la postre dejarán desencantadas y mal heridas a las huestes progresistas de españoles, hoy exultantes. Porque es verdad que el bloque de los autodenominados "constitucionalistas" es numeroso y homogéneo e intentará hacer una oposición férrea. Su propósito explícito es presentar un frente único que le complique la existencia a la coalición de gobierno de Pedro y Pablo y sus socios nacionalistas. De momento con el número de escaño que suman en las Cortes la derecha puede bloquear, pero no gobernar. Y a esa indolente función dicen que se abocarán, al menos hasta que medie otra elección... Los ciudadanos españoles, sin embargo, ya se cansaron de acudir a las urnas y ahora esperan que el galimatías político y jurídico creado en este rincón de Europa lo solventen sus dirigentes. 

Martes, 14 de enero de 2020
1